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Zona de sacrificio

Mauricio Ulloa

La necesidad de acelerar la inversión en Ñuble es una realidad que pocos discuten. La región exhibe rezagos en infraestructura, empleo y crecimiento económico que exigen una agenda activa de proyectos públicos y privados capaces de generar desarrollo y mejorar la calidad de vida de sus habitantes. Sin embargo, la urgencia por crecer no puede transformarse en una licencia para aprobar iniciativas que comprometan el medio ambiente, deterioren las condiciones de vida de las comunidades o profundicen inequidades territoriales que ya resultan evidentes.

La decisión adoptada por el Consejo Regional de Ñuble de rechazar por unanimidad la viabilidad del proyecto “Relleno Sanitario y Centro de Manejo de Residuos Ñuble Sustentable”, que buscaba emplazarse en Chillán Viejo, constituye una señal de gran relevancia. Más allá de la discusión puntual sobre una iniciativa específica, el pronunciamiento del CORE instala un debate de fondo respecto del tipo de desarrollo que la región está dispuesta a promover.

El rechazo no se fundamentó en una postura ideológica contraria a la inversión. Por el contrario, se sustentó en antecedentes técnicos que detectaron incompatibilidades entre el proyecto y la Estrategia Regional de Desarrollo Ñuble 2030, además de una serie de incertidumbres relacionadas con sus efectos sobre los recursos hídricos, la fauna, los olores, los ruidos y la calidad de vida de las comunidades cercanas.

Las dimensiones de la propuesta explican parte importante de las aprensiones. Se trataba de una instalación destinada a recibir miles de toneladas mensuales de residuos durante más de una década, acumulando hasta un millón y medio de metros cúbicos de basura en estructuras que alcanzarían los 30 metros de altura. Aunque el proyecto incorporaba componentes de tratamiento y valorización de residuos, la esencia de la iniciativa es la disposición final de grandes volúmenes de desechos en una comuna que ya convive con importantes cargas ambientales.

Precisamente allí radica uno de los aspectos más sensibles del debate. Durante años, Chillán Viejo ha debido soportar actividades e instalaciones que generan impactos negativos para sus habitantes. La percepción de estar convirtiéndose en una zona de sacrificio no surge de una consigna política, sino de una acumulación de experiencias que han alimentado la legítima preocupación de sus vecinos.

Ninguna comunidad debería cargar desproporcionadamente con los costos ambientales del desarrollo mientras otros territorios reciben la mayor parte de sus beneficios. Ese principio de justicia territorial resulta indispensable para construir una región equilibrada y sostenible.

La discusión también deja en evidencia la necesidad de modernizar la gestión de residuos en Ñuble. La región requiere soluciones de largo plazo, pero estas deben responder a los estándares que hoy exige la economía circular. Reducir, reutilizar y reciclar ya no son conceptos accesorios, sino elementos centrales de cualquier estrategia seria de manejo de residuos. Persistir en modelos que privilegian el enterramiento masivo de basura aparece cada vez más distante de las mejores prácticas internacionales y de las expectativas ciudadanas.

El desafío, por tanto, no consiste en elegir entre desarrollo o protección ambiental. Esa es una falsa dicotomía. El verdadero desafío es impulsar proyectos que compatibilicen ambas dimensiones, que generen crecimiento sin hipotecar el futuro de las comunidades y que contribuyan a una mejor calidad de vida para todos los habitantes de Ñuble.

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