Recientemente celebramos el Día de la Madre con flores y homenajes sobre el “rol invaluable” de las mamás. Si bien, esta festividad trae números azules para el comercio, para sus protagonistas, sigue siendo una desventaja laboral. La evidencia es clara, con la maternidad, los ingresos de las mujeres caen, la participación laboral disminuye y aumenta la informalidad. No es una pérdida de capacidades; es un sistema económico que obliga a elegir entre dos esferas: el desarrollo personal y el profesional.
Algunas empresas aún gestionan la maternidad bajo la lógica del gasto mayor o el riesgo de ausentismo, cuando en rigor la crianza es la función estructural más crítica de una nación: la formación del capital humano del futuro. Es momento de dejar de romantizar el rol de las madres y rediseñar el mundo laboral no como un favor, sino como una vía para construir sociedades más cuidadas y menos violentas.
El intento más reciente, fue la incorporación de la Ley 21.645 de Conciliación de la Vida Personal, Familiar y Laboral. Esta ley permite a trabajadores con hijos menores de 14 años optar por el teletrabajo y horarios flexibles. La Ley reconoce el cuidado, pero no cambia quién lo ejerce; recayendo mayoritariamente en las mujeres. Esto se refleja en que, por ejemplo, a dos años de su aplicación, el desempleo femenino sigue siendo en torno al 10%, superando el promedio nacional del 8,9%. No basta con dar permiso para teletrabajar si la cultura organizacional sigue premiando la presencialidad 24/7 y si los sectores económicos donde se concentran las mujeres (comercio, salud y educación) presentan las mayores barreras para la flexibilidad. Si bien es un avance, aún fortalece al 30% de trabajadoras que han preferido la informalidad.
Este camino no es una elección de libertad, sino una estrategia de supervivencia. Las madres que trabajan por cuenta propia se convierten en fuga de talento corporativo. Un lujo que nuestra economía, golpeada por la baja productividad, no puede permitirse. Las madres representan un 62% de la fuerza laboral potencial subutilizada, poseyendo habilidades de multitarea emocional e intelectual que son precisamente las que la Inteligencia Artificial (IA) no puede replicar.
Aquí nace la ecuación perfecta, habilidades inexistentes en la IA y la tecnología que ofrece la vía de escape perfecta, permitiendo empleos flexibles, reales y bien remunerados. Sin embargo, enfrentamos otra brecha crítica: las mujeres son mayoría en la formación de pregrado, pero solo el 10% opta por carreras tecnológicas (STEM). Debemos demoler el estereotipo de que el desarrollo tecnológico es ajeno al mundo femenino. La próxima década debe ser la de la autonomía económica a través del dominio digital. De esta forma las mujeres podrán reorganizar el trabajo en torno a la vida, donde el éxito profesional dependa de su capacidad para liderar la transformación digital y construir sus hogares como un ecosistema productivo.
Si el mejor trabajo que puede tener una persona es ser madre, entonces todos los demás trabajos deberían organizarse en torno a esa realidad y así podamos decir realmente “feliz día mamá”.


