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Por qué tantas buenas ideas nunca llegan al mercado

Corfo

Cada cierto tiempo reaparece la misma discusión dentro de las empresas, las organizaciones e incluso el mundo público: cómo impulsar la innovación.

Hablamos de creatividad, emprendimiento, cultura y de la necesidad de generar ideas fuera de la caja. Sin embargo, cada vez parece más evidente que el principal desafío ya no está ahí.

Y es que ideas hay muchas, pero lo que escasea es la capacidad de transformarlas en resultados. Hace algunas semanas participé en Food 4 Future, uno de los encuentros más importantes de innovación alimentaria que se realiza en Europa.

Durante varios días, empresas, startups, centros tecnológicos, consultoras especialistas e inversionistas compartieron experiencias sobre los desafíos que enfrentan distintas industrias para innovar en un contexto marcado por cambios acelerados, mayores exigencias de sostenibilidad y una creciente presión por mejorar la productividad.

Entre las distintas conversaciones hubo una conclusión que apareció una y otra vez: las organizaciones tienen muchas ideas en sus manos, pero son escasos los mecanismos para decidir cuáles vale la pena desarrollar y realmente destinar foco para probar.

La innovación suele asociarse a momentos de inspiración, pero en la práctica depende mucho más de la capacidad de priorizar, ejecutar y sostener proyectos en el tiempo.

La diferencia entre una buena idea y una innovación exitosa rara vez está en la creatividad, sino que en la gobernanza y el enfrentamiento de estas ideas en el mercado.

Por otro lado, los sesgos conductuales, como la saliencia, llevan a las organizaciones a prestar mayor atención a los negocios de alto volumen, o de alta demanda actual, corriendo el riesgo de dejar de lado la incubación de un proyecto con alto potencial futuro.

En innovación, esto puede llevar a sobrevalorar propuestas llamativas y subestimar alternativas menos evidentes, pero más escalables, rentables o estratégicas.

Esto se vuelve especialmente evidente cuando se analizan desafíos complejos o en industrias bien reguladas como en el ámbito agroalimentario, por ejemplo, hoy existen múltiples alternativas para reutilizar subproductos o descartes industriales.

La pregunta ya no es si existen posibilidades de valorización, sino cuáles de ellas pueden transformarse en soluciones viables a escala industrial y que tengan un valor interesante en el mercado, y mediante esto generar impacto en varios frentes.

Ese cambio de mirada es relevante porque obliga a pasar desde la lógica del proyecto piloto a la lógica del negocio.

Desde la prueba de concepto a la implementación. Desde la innovación como ejercicio experimental a su incorporación como herramienta para resolver problemas reales.

En ese contexto, innovar exige desarrollar otras capacidades, que muchas veces reciben menos atención que la creatividad: evaluación rigurosa, asignación de recursos, gestión del riesgo y toma de decisiones basada en evidencia.

Muchas veces las barreras ya no son técnicas, son económicas, operacionales o de escalamiento. La tecnología existe, el desafío está en lograr que funcione de manera consistente, competitiva y rentable.

Pablo Sanhueza

Gerente de Calidad y Excelencia Operacional de Empresas Iansa.

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