Las últimas cifras de empleo conocidas en Ñuble configuran un escenario que ya no puede ser abordado como una fluctuación estadística o un efecto pasajero de la estacionalidad. La región vuelve a liderar el desempleo a nivel nacional, con una tasa de 11% en el trimestre móvil mayo-julio, mientras el número de personas desocupadas alcanzó un récord de 26.890. A ello se suma un deterioro de la calidad del empleo y una situación particularmente compleja para las mujeres, cuya desocupación llegó a 13,7%.
El nuevo diagnóstico sobre las personas de 50 años o más profundiza todavía más esta realidad. Solo 40,5% de este grupo etario se encuentra ocupado en Ñuble, 5,3 puntos por debajo del promedio nacional, mientras la informalidad alcanza 40,7%, una de las más altas del país. Sus ingresos promedio, además, llegan a $691.712 mensuales, bastante por debajo de los $807.426 que registra este segmento a nivel nacional.
No se trata solamente de que falten puestos de trabajo. El problema también está en qué empleos se generan, cuánto duran, cuánto pagan y bajo qué condiciones. De hecho, aunque el número de ocupados aumentó 2,4%, equivalente a 5.180 personas, la fuerza laboral creció aún más, en 6.380 personas. Es decir, la economía regional no está siendo capaz de absorber a quienes buscan incorporarse al mercado laboral.
Más preocupante aún resulta observar dónde se produce el aumento. El asalariado informal creció 13,4%, mientras el asalariado formal cayó 1,2%. En paralelo, los ocupados informales aumentaron 12,9% y la tasa de informalidad regional llegó a 34,5%. La construcción, tradicional generadora de puestos de trabajo, se contrajo 17,8%. Son señales inequívocas de un mercado laboral que está perdiendo dinamismo y calidad.
La explicación coyuntural de la estacionalidad agrícola durante los meses de invierno es válida, pero insuficiente. Ñuble arrastra una estructura productiva excesivamente dependiente de actividades estacionales y todavía carece de suficientes sectores capaces de ofrecer empleos estables durante todo el año. Por eso, la solución no puede limitarse a esperar la recuperación de determinadas temporadas productivas.
La región necesita una política pública de empleo con sello propio, coordinada entre el Gobierno Regional, el Ejecutivo, municipios, gremios, trabajadores, instituciones de formación y empresas. Y esa política debe vincularse directamente con una estrategia de desarrollo productivo. Capacitación y reconversión laboral, especialmente para mayores de 50 años, deben ir acompañadas de incentivos concretos a la contratación formal, apoyo a las pymes, formación pertinente a las necesidades empresariales y mecanismos que faciliten la incorporación femenina al trabajo.
También resulta indispensable acelerar la inversión. La falta de infraestructura habilitante, como la capacidad eléctrica necesaria para nuevos emprendimientos e industrias, no puede seguir siendo una barrera para la generación de actividad económica. La inversión pública, por su parte, debe recuperar su capacidad contracíclica mediante una cartera de obras que permita sostener el empleo mientras se concretan proyectos productivos de mayor envergadura.
Ñuble no puede acostumbrarse a encabezar los rankings negativos del empleo. La condición de región más joven del país no es suficiente para garantizar oportunidades laborales, y tampoco lo será confiar exclusivamente en la recuperación de los ciclos económicos. Se requiere una intervención pública decidida, focalizada y permanente.




