Señor Director:
Hay personas que cumplen años. Otras aprenden a sobrevivir. Rosario Peña eligió un camino más áspero: hacer de la ausencia una tarea cotidiana, casi un oficio del alma. Mientras Chile se entretenía con la noticia fugaz, la pelea del día, el escándalo de turno, ella seguía empujando la misma pregunta, pesada como piedra en el zapato: ¿dónde están?
Su esposo, Leopoldo López, desapareció en los primeros meses de la dictadura. Nunca volvió. Y la verdad es que lo devastador no termina en el crimen; empieza después, en esa sala de espera interminable donde el Estado responde con archivos vacíos, puertas cerradas y silencios con timbre oficial.
Rosario Peña no fue un busto de bronce ni una frase para aniversarios. Fue una madre de seis hijos, una mujer de Chillán, de esas que caminan aunque les duelan los años, que marchó, denunció, ayunó, sostuvo pancartas y nombres cuando hacerlo podía costarte la tranquilidad, el trabajo o algo más, la vida. Además, vivimos tiempos raros: se pide “dar vuelta la página” a quienes todavía buscan páginas arrancadas. Pero la memoria no es capricho ni venganza. Es algo más simple, más humano: negarse a barrer el dolor debajo de la alfombra para que la sala se vea ordenada.
Rosario murió a los 90. Su lucha, no. Porque una democracia decente no se mide por lo rápido que olvida a sus incómodos, sino por su capacidad de escuchar a quienes pasaron una vida entera pidiendo apenas lo indispensable: verdad, justicia y el derecho a no desaparecer dos veces. Primero del mundo. Después, del recuerdo.
Ricardo Rodríguez Rivas




