La publicación del Índice de Competitividad Regional (ICR), que vuelve a ubicar a Ñuble en el penúltimo lugar nacional, nos obliga a plantear una pregunta incómoda: ¿por qué un territorio con tantos recursos y capacidades sigue mostrando severas dificultades para asegurar empleo y bienestar?
Durante años, el rezago local se ha atribuido de forma casi automática a la falta de infraestructura o de recursos públicos. Sin embargo, la evidencia indica algo distinto: Ñuble no tiene un problema de escasez, sino un profundo desafío en la transformación de su matriz económica.
Nuestra región cuenta con una de las mayores superficies agrícolas del país, una sólida base forestal, universidades conectadas y una ubicación estratégica. Pocas zonas reúnen tantas ventajas.
La paradoja, por lo tanto, es evidente: Ñuble produce mucho, pero crece poco; genera una intensa actividad económica, pero mantiene salarios inferiores al promedio nacional. ¿Dónde se pierde ese valor? La respuesta está en nuestra posición en las cadenas productivas: nos especializamos en la entrega de materias primas.
En contraste, los eslabones donde se captura la verdadera riqueza, como el procesamiento avanzado, el desarrollo de marcas y la toma de decisiones estratégicas, se localizan fuera de nuestras fronteras.
La reciente salida de Iansa de la producción remolachera en el país es un ejemplo sintomático. Una decisión tomada en el exterior desmanteló una cadena que impactaba a cientos de familias y transportistas locales. Lo mismo ocurre, en menor o mayor medida, con los berries, la achicoria o las semillas.
Ñuble participa activamente en la generación física de la riqueza, pero está ausente de los espacios donde se decide cómo se invierte y cómo se distribuyen sus beneficios.
En la práctica, exportamos productos, pero también exportamos oportunidades e inversión. Por ello, el aumento del gasto público o la infraestructura, siendo indispensables, no han bastado para mover nuestra aguja competitiva.
La solución no es abandonar la agricultura, sino transitar hacia una economía capaz de integrar ciencia, tecnología e innovación en el territorio.
Necesitamos una agroindustria avanzada que evolucione del commodity a los alimentos funcionales y nutracéuticos; una bioeconomía que genere nuevos materiales a partir de residuos agrícolas y forestales; y una transferencia real del conocimiento universitario hacia empresas de base tecnológica.
El debate de fondo es cómo convertir a Ñuble en una región propietaria de marcas, patentes y decisiones. Mientras no cerremos la brecha de retención de capital, seguiremos atrapados en la contradicción de ser un territorio rico y productivo, pero postergado en desarrollo social.
El gran desafío es capturar la riqueza que ya producimos. Solo entonces la competitividad dejará de ser una fría estadística y se traducirá en calidad de vida para sus habitantes.
Mientras otros controlen el valor, Ñuble seguirá sembrando lo que otros cosechan.
Luis Antonio Arriagada Vallejos
Médico Veterinario
Magíster en Gestión Ambienta



