Close

La nieve que Ñuble necesita

MOP

Las nevadas que se registran este fin de semana en los sectores cordilleranos y precordilleranos de Ñuble constituyen una buena noticia que trasciende la belleza del paisaje invernal. En una región cuya economía, ecosistemas y abastecimiento de agua dependen en buena medida de la disponibilidad hídrica, cada centímetro de nieve acumulado en la cordillera representa una reserva para los meses en que las precipitaciones desaparecen y comienza a aumentar la demanda de agua.

El escenario de estos días resulta auspicioso por la presencia de una isoterma cero extraordinariamente baja, estimada entre los 700 y 900 metros, condición que permitirá que las precipitaciones se transformen en nieve en amplias zonas de la precordillera. Incluso existe la posibilidad de agua-nieve en sectores bajos y en Chillán, un fenómeno poco habitual, pero que no deja de ser normal bajo estas condiciones atmosféricas.

La imagen de la nieve cubriendo sectores de Pemuco, El Carmen, Pinto y otras comunas precordilleranas tiene es la expresión visible de un proceso que interesa especialmente a la región: la recuperación de sus reservas de agua.

Los datos de la Dirección General de Aguas presentan una diferencia entre lluvia y nieve. Ñuble acumula un superávit de precipitaciones de 13,8%, mientras Chillán registra 673,7 milímetros, prácticamente alcanzando un año normal. El Embalse Coihueco almacena 20,8 millones de metros cúbicos, equivalentes al 71,7% de su capacidad, incluso por sobre su promedio histórico. Y durante julio los caudales de los ríos de la región presentaron un superávit promedio de 76,1%.

Sin embargo, hay una cifra que obliga a mantener la prudencia: la nieve acumulada en la estación nivométrica Volcán Chillán alcanzaba hasta antes de este sistema frontal 95 centímetros, casi el triple de lo observado a igual fecha del año pasado, pero con un déficit de 19% respecto del promedio histórico.

Esa cifra explica por qué las nevadas de este fin de semana son tan importantes. La nieve no es simplemente agua que permanece congelada durante el invierno. Es un mecanismo natural de almacenamiento que permite que parte de las precipitaciones permanezca en la cordillera y se libere gradualmente durante la primavera y el verano, cuando los cultivos, los ecosistemas, el consumo humano y otras actividades requieren mayores volúmenes de agua.

Por eso, no basta con celebrar que julio haya sido excepcionalmente lluvioso ni con constatar que los ríos hayan recuperado sus caudales. La mirada debe proyectarse hacia los próximos meses. El propio balance de la DGA advierte que, considerando el período enero-julio, todavía existe un déficit promedio regional de 11,5%. La recuperación es real, pero aún no permite declarar superada una situación hídrica que durante años ha evidenciado su carácter estructural.

La experiencia reciente debería enseñarnos precisamente eso: un invierno lluvioso puede aliviar las condiciones de un año, pero no elimina la necesidad de adaptarnos a una mayor variabilidad climática. Ñuble debe aprovechar los años favorables para fortalecer sus reservas, mejorar la infraestructura de almacenamiento, proteger las cuencas y zonas de recarga, hacer más eficiente el uso del agua y mantener sistemas de monitoreo que permitan anticipar escenarios adversos.

Agregar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

Leave a comment
scroll to top