El reciente avistamiento de cientos de delfines calderón gris frente a Cobquecura, observada durante más de una hora por estudiantes del Liceo Polivalente Diego Missene Burgos en el sector de Mure, es una señal del valor ecológico de un borde costero que Ñuble tiene la responsabilidad de conocer, proteger y gestionar adecuadamente.
La experiencia tiene, además, un componente especialmente valioso. Fueron los propios estudiantes quienes detectaron inicialmente los cetáceos, registrándolos mediante fotografías, videos y un dron, en el marco de una actividad pedagógica de exploración de los ecosistemas locales. La ciencia, en este caso, no ocurrió solamente en un laboratorio o en un libro de texto, sino frente al mar, observando directamente una biodiversidad que muchas veces permanece invisible para quienes viven tierra adentro.
El avistamiento adquiere mayor relevancia cuando se observa en perspectiva. En la costa de Cobquecura se han registrado el calderón gris, delfín chileno y otras especies de cetáceos, además de ballenas sei, jorobadas, francas australes, fin y orcas. Antecedentes levantados en los últimos años también han permitido identificar una diversidad importante de aves y especies marinas que utilizan este espacio como hábitat, zona de alimentación o corredor de desplazamiento.
No se trata, por tanto, solamente de proteger un paisaje de indudable atractivo turístico. Es resguardar un ecosistema marino cuya riqueza empieza a ser mejor conocida y que, precisamente por eso, exige una política de conservación acorde con la evidencia disponible.
El actual Santuario de la Naturaleza Islote Lobería y Lobería Iglesia de Piedra fue declarado en 1992, fundamentalmente para proteger las áreas de reproducción y parición del lobo marino y resguardar la fauna marina. Tres décadas después, sus 250 hectáreas aparecen insuficientes para abordar la complejidad de un ecosistema que trasciende largamente los límites de esos islotes. La propuesta que se ha venido trabajando plantea avanzar hacia un Área de Conservación de Múltiples Usos de unas 10 mil hectáreas, extendida desde el estero Trehualemu hasta Punta Mela y una milla náutica mar adentro.
Es una discusión que Ñuble debe abordar con visión de largo plazo. La protección no puede entenderse como cerrar el mar a las actividades económicas ni como desconocer el valor de la pesca artesanal, el turismo o las demás actividades que forman parte de la identidad de Cobquecura. Precisamente por eso la figura propuesta es de múltiples usos y contempla una zonificación y un plan de manejo que permitan compatibilizar conservación y actividades sustentables.
Existen amenazas concretas que justifican actuar con anticipación. Se han reportado embarcaciones de pesca de cerco de más de 12 metros operando en las cercanías del Santuario, mientras la comunidad ha expresado preocupación por eventuales proyectos de salmonicultura. A ello se suman las presiones asociadas al turismo creciente, las embarcaciones y los efectos que el cambio climático puede generar sobre las condiciones de temperatura y disponibilidad de nutrientes del océano.
La aparición de cientos de calderones grises debe recibirse con responsabilidad. No basta con celebrar que estos animales lleguen a nuestras costas. Hay que preguntarse qué encuentran allí, por qué utilizan estas aguas y qué condiciones debemos preservar para que continúen haciéndolo.
Los estudiantes que observaron esos delfines hicieron algo más que registrar una escena extraordinaria. Generaron evidencia y, sobre todo, una pregunta que la sociedad regional debe hacerse: ¿qué estamos dispuestos a hacer para que este patrimonio natural siga existiendo? La respuesta debiera comenzar por conocer mejor nuestro mar y protegerlo antes de que sea demasiado tarde.



