Señor Director:
En el último tiempo, la Región de Ñuble ha sido escenario de un rechazo transversal y ciudadano ante la posibilidad de albergar nuevos vertederos o recintos carcelarios. Los argumentos abundan: daño ambiental, plusvalía, estigma social y seguridad. Nadie quiere un basural o una cárcel cerca de su casa, lo cual es humanamente comprensible. Sin embargo, detrás de estas legítimas pancartas se esconde una profunda y cómoda hipocresía social.
Nos escandaliza la idea de un nuevo vertedero, pero nuestras tasas de reciclaje domiciliares siguen siendo marginales. Seguimos generando toneladas de basura diaria sin hacernos cargo del destino final de nuestros propios desechos. Queremos calles y campos limpios, pero delegamos el costo invisible de nuestro consumismo al patio del vecino.
Lo mismo ocurre con la seguridad. Nos enfurece la delincuencia y exigimos mano dura, pero miramos hacia el lado cuando se revela que Ñuble ostenta una de las tasas de reos por habitante más complejas del país. Las cárceles están colapsadas, pero cuando se busca una solución de infraestructura, la respuesta es un rotundo “aquí no”.
El problema de fondo no es la falta de terrenos, sino nuestra falta de coherencia. Protestar contra las consecuencias de problemas que nosotros mismos alimentamos día a día (con la bolsa de basura que no se separa o la indolencia ante el tejido social que se rompe) es, por decir lo menos, un ejercicio de miopía.
Antes de negarnos a la infraestructura que la realidad nos exige, haríamos bien en preguntarnos qué estamos haciendo, desde nuestra propia vereda, para que ni los vertederos ni las cárceles sigan siendo tan escandalosamente necesarios.
Marcelo Lara
Ingeniero Comercial



