Señor Director:
Hay noticias que llegan con una sonrisa oficial y terminan con un suspiro ciudadano. El petróleo baja en los mercados internacionales, pero el precio de la bencina sigue recordándonos que, para la clase media, las buenas noticias suelen viajar más lento que las malas.
La explicación técnica existe: contratos, inventarios y ajustes graduales. Es razonable. Lo que deja de ser razonable es que las alzas se reflejen con una rapidez admirable, mientras las bajas parecen perderse en un laberinto de impuestos, burocracia y conveniencias. La percepción es inevitable: el bolsillo siempre espera y casi nunca gana.
Un gobierno no puede conformarse con celebrar indicadores macroeconómicos mientras miles de familias calculan si cargar el estanque o llegar con holgura a fin de mes. La economía se valida en la calle, no solo en las planillas.
La clase media no pide privilegios; exige coherencia. Si el costo internacional disminuye, el beneficio debe sentirse con la misma oportunidad con que se sintieron las alzas. Porque cuando las buenas noticias nunca llegan al surtidor, la confianza también empieza a quedarse sin combustible.
Ricardo Rodríguez Rivas
Magíster en Gobierno y Gestión Pública




