El retorno del voto obligatorio no solo llevó a millones de personas nuevamente a las urnas. También cambió la fotografía del electorado chileno y, con ello, las coordenadas sobre las cuales partidos y candidatos deberán disputar el poder en los próximos procesos electorales.
Ésa es una de las principales conclusiones que deja el estudio presentado por la consejera del Servicio Electoral (Servel), María Cristina Escudero, en el seminario “El Nuevo Mapa Electoral: Participación y Perfiles de Votantes en Chile”, organizado junto al Departamento de Estudios Políticos de la Universidad de Chile.
El análisis, construido a partir de los datos del ciclo 2020-2025 -16 procesos electorales, el período más exigente en la historia del país-, identifica 6.302.899 nuevos votantes para las elecciones presidenciales de 2025. Son el 40,4% del padrón y constituyen un contingente que durante la etapa del voto voluntario permanecía mayoritariamente fuera de las urnas.
La primera transformación es cuantitativa. La participación, que en las últimas elecciones con voto voluntario se movía en torno al 50%, saltó desde 2022 a niveles cercanos al 85%, incorporando casi seis millones de personas que anteriormente no votaban.
Pero para Escudero la verdadera dimensión del cambio está en la composición de ese electorado. El voto obligatorio no solo aumentó la participación: alteró quiénes participan, dónde viven y qué características sociales y demográficas tienen.
Un nuevo mapa que rompe viejas categorías
Una de las conclusiones que más tensiona las interpretaciones tradicionales es la territorial. Las diferencias entre comunas urbanas y rurales prácticamente desaparecieron con el voto obligatorio. En las presidenciales y parlamentarias de 2025, las comunas rurales incluso registraron una participación 1,1 puntos porcentuales superior a las urbanas.
Algo similar ocurre al observar el tamaño de las comunas: las pequeñas superaron en 1,9 puntos a las muy grandes. Así, el electorado más participativo ya no se concentra necesariamente en las grandes ciudades.
El fenómeno adquiere especial interés para Ñuble, porque la región forma parte de la macrozona Centro-Sur, que concentra el 18,8% de los nuevos votantes identificados por el Servel, aunque el estudio no entrega un desglose específico para cada región.
Sí existe, en cambio, una referencia directa a Ñuble en la tipología construida por el organismo electoral. El 11,9% de los nuevos votantes pertenece al grupo denominado “Chile intermedio”, caracterizado por residir principalmente en comunas medianas y mixtas, con una fuerte presencia en las zonas Centro, Centro-Sur y Sur. Entre las comunas principales de este segmento aparece San Carlos, junto a Padre Las Casas, Paine, Villarrica y San Javier.
La inclusión de San Carlos no es anecdótica. Permite visualizar el tipo de territorio que adquiere mayor relevancia con el nuevo patrón de participación: comunas que no corresponden ni a los grandes centros metropolitanos ni a los espacios estrictamente rurales, pero que concentran una población que ahora concurre masivamente a votar.
Para el académico de la Facultad de Gobierno de la U. de Chile, Vicente Inostroza, precisamente el territorio es una de las claves que abre este estudio. A su juicio, el nuevo mapa electoral muestra una “inversión” de los patrones territoriales que existían durante el voto voluntario y plantea la necesidad de avanzar desde el análisis comunal hacia escalas más pequeñas, aprovechando la georreferenciación de los locales de votación.
El investigador advierte que incluso dentro de una misma comuna pueden existir realidades muy diferentes. Por eso, plantea cruzar las variables de ruralidad, tamaño, pobreza y nivel socioeconómico para comprender con mayor precisión cómo se distribuyen los nuevos votantes.
La sorpresa: no son principalmente jóvenes
Otro prejuicio que el estudio obliga a revisar es la idea de que el nuevo electorado está compuesto fundamentalmente por jóvenes.
Los datos muestran algo distinto. La edad promedio de los nuevos votantes es de 44,8 años y el segmento de 30 a 44 años representa el 39,2%. Los electores de entre 18 y 29 años corresponden apenas al 15,7%.
Paradójicamente, son los jóvenes quienes presentan las tasas de participación más altas bajo el voto obligatorio, entre 87% y 90%. En el otro extremo, los mayores de 60 años registran los niveles más bajos.
La composición social también desafía explicaciones simplificadoras. El grupo más numeroso entre los nuevos votantes es la denominada “clase media silenciosa”, que representa el 46,8%. Se trata principalmente de habitantes de zonas urbanas, residentes en comunas grandes y muy grandes y con baja pobreza multidimensional.
Le siguen el “Gran Santiago Popular”, con 24,3%, y el “Chile rural”, con 17%.
Para Julieta Suárez-Cao, decana de la Escuela de Gobierno de la U. Adolfo Ibáñez, estos resultados derriban la idea de que existe un único “nuevo votante”. Son, plantea, electores diferentes entre sí, que sociodemográficamente se parecen bastante al adulto promedio chileno y que no responden necesariamente al estereotipo del ciudadano pobre y periférico que se incorpora por primera vez a la política.
María José Naudon coincide en que el estudio obliga a abandonar ciertas caricaturas, particularmente respecto de los jóvenes. Pero pone el acento en otra consecuencia: la ampliación del electorado modifica la distribución del poder político.
“Esto tiene que ver con me conviene o no me conviene, con qué o por qué votan estos nuevos electores”, advirtió, subrayando que el debate sobre el voto obligatorio nunca puede separarse de sus efectos políticos.
Seis millones más, pero no seis millones de militantes
El otro gran desafío está en la relación entre participación electoral e integración política. El aumento de votantes no ha tenido un correlato equivalente en la incorporación a los partidos. El 96,9% de los nuevos electores es chileno y solo el 3,1% registra afiliación partidaria. En números absolutos, unos 6,1 millones no militan y apenas 190.413 tienen afiliación.
Para Rodrigo Medel, académico de la Facultad de Gobierno de la U. de Chile, éste es uno de los puntos fundamentales que deja abierto el estudio. El voto obligatorio consigue llevar a las personas a las urnas y democratiza la inclusión electoral, pero no necesariamente modifica la desafección política, la valoración del Congreso o la relación con los partidos.
La pregunta, entonces, cambia: ya no se trata de saber solamente quiénes votan, sino qué sienten hacia la política quienes ahora están obligados a participar y cómo esa actitud se traduce en sus decisiones electorales.
Andrés Dockendorff, académico del Instituto de Estudios Internacionales de la U. de Chile, lleva esa interrogante un paso más allá. A su juicio, la llamada “clase media silenciosa” puede ayudar a explicar parte de la antigua crisis de representación y su incorporación podría estar relacionada con el crecimiento de opciones nuevas o de un perfil anti establishment.
El académico mencionó particularmente al Partido de la Gente y al Partido Nacional Libertario como colectividades que muestran presencia entre estos nuevos electores, vinculándolo con otros estudios que sugieren una mayor inclinación hacia posiciones conservadoras y contestatarias de la política tradicional.
Suárez-Cao, sin embargo, advierte que el fenómeno es más transversal. Aunque reconoce la posible conexión con partidos nuevos y anti establishment, sostiene que los nuevos votantes también presentan elementos asociados a partidos e ideologías de distintos sectores.
La otra cara: votar no significa necesariamente apoyar
El estudio también instala una advertencia sobre la calidad y las formas de participación. Medel recordó que el voto obligatorio ha estado acompañado de un aumento de los votos inválidos y que estos tampoco se distribuyen aleatoriamente.
De este modo, una desigualdad que durante el voto voluntario podía observarse en la abstención podría estar expresándose ahora mediante votos nulos o blancos.
Inostroza aportó un dato especialmente significativo: en la elección de consejeros regionales, uno de cada cuatro votantes emitió un voto blanco o nulo. Para el académico, esto revela también un problema de reconocimiento de estas autoridades y plantea un desafío para la descentralización.
Suárez-Cao comparte la preocupación. Defensora del voto obligatorio, advierte que el sistema no debe desentenderse de quienes, obligados a concurrir, pueden comenzar a expresar su descontento de otras maneras.
El nuevo mapa electoral, por tanto, no equivale simplemente a un mapa de participación. Es también un mapa de expectativas, desafección y comportamientos todavía difíciles de anticipar.
La abstención cambió de lugar: del ciudadano que no iba a votar al elector que marca nulo o blanco
El voto obligatorio resolvió uno de los problemas históricos de la democracia chilena: la baja participación. Pero el estudio del Servel y las interpretaciones de los expertos advierten que llevar a las personas a las urnas no significa necesariamente integrarlas políticamente.
Rodrigo Medel plantea que la desigualdad que antes podía observarse en la abstención comienza ahora a expresarse mediante el voto inválido. Bajo el sistema obligatorio, quienes no tienen una relación cercana con la política igualmente deben concurrir al local de votación, pero pueden manifestar su distancia mediante un voto nulo o blanco.
La advertencia adquiere especial relevancia al observar elecciones menos conocidas para la ciudadanía. Vicente Inostroza recordó que en la última elección de consejeros regionales uno de cada cuatro electores votó blanco o nulo, una señal que, a su juicio, debiera llevar a estudiar con mayor profundidad el conocimiento y valoración de estas autoridades.
Julieta Suárez-Cao comparte esa inquietud y sostiene que será necesario observar cómo evoluciona este comportamiento. El desafío consiste en determinar si estos votos representan desinformación, dificultades asociadas a la nueva modalidad electoral, desinterés o derechamente una nueva forma de expresar descontento.
La discusión abre así una segunda etapa del debate sobre el voto obligatorio. Después de comprobar que la regla consigue aumentar masivamente la participación, la interrogante pasa a ser qué ocurre con quienes participan sin sentirse necesariamente representados.
La cifra de 40,4% de nuevos votantes del padrón presidencial de 2025 muestra la magnitud de la transformación. Pero la baja afiliación partidaria -solo 3,1% de esos electores milita en una colectividad- indica que la ampliación de la ciudadanía electoral no ha sido acompañada por una ampliación equivalente de los vínculos con el sistema político.
El desafío para los partidos, entonces, no es solamente electoral. Es también de intermediación: comprender qué esperan, qué rechazan y qué explica las decisiones de millones de ciudadanos que antes permanecían fuera de las urnas.




