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Así fueron las crónicas de La Discusión durante la matanza de Mallocavén en 1974 y la búsqueda de El Águila

Judith dice que no recuerda con exactitud el año, pero sí conserva con claridad las imágenes y aquella “presión en el pecho. Como una pena muy grande de encontrarme por primera vez en la vida en el lugar donde lo mataron”, recuerda.

La tercera de los cuatro hijos del cabo primero Raúl Sepúlveda Grandón, del destacamento de Ñiquén, creció oyendo hablar de Mallocavén, un nombre que siempre asoció al crimen de su padre, ocurrido en 1974.

“Yo tenía cuatro años. Los había cumplido cuatro días antes, así que no tengo recuerdos de él. Pero siempre me preguntaba por este lugar en el que murió. Un día, cuando ya tenía como 27 o 28 años, le pedí al mayor de San Carlos si nos podía llevar a mí y al Pancho, el hijo del cabo Monroy, a quien también mataron los cuatreros. Nos subieron a una camioneta y partimos”.

Tras unos 40 minutos de recorrido —explica que no sabía que quedaba tan lejos— llegaron al punto exacto donde estaba la casa en que el Águila y sus bandoleros se enfrentaron a la patrulla.

“Pero ya no quedaba nada de eso. Había algunos ladrillos y algunas partes de esa casa, pero estaban en el suelo”, comenta.

Tampoco el camino para llegar era el mismo. Para 1998 ya había rutas donde antes solo existían huellas de caballos, y un puente donde antes apenas contaban con un tronco como improvisado paso peatonal.

Raúl Sepúlveda, el cabo Hugo Monroy Espinoza y el sargento segundo Luis Soto Riquelme habían recibido la denuncia de un agricultor a quien la banda del Águila le había robado sus animales horas antes.

Las indicaciones apuntaban a que los delincuentes se encontraban en una casa del sector. Al llegar al predio, los funcionarios escucharon cánticos y guitarras, además de sentir el olor a carne asada que preparaban los cuatreros.

Los carabineros tocaron a la puerta. No hubo diálogo ni mediación. Los delincuentes abrieron fuego.

“Yo no conocí a mi papá. Crecer sin él me dejó un vacío enorme, por eso, al llegar al lugar y entender que me encontraba en el mismo sitio donde él vivió por última vez, me apretó el corazón y me hizo sentir una pena gigante. Pero, de alguna manera, me hizo sentir que, al menos por un rato, yo estaba ahí… con él”, dijo.

Ser hijo de un mártir

Arroz, remolacha, trigo, porotos y maíz, además de la producción estacional de frutos como frambuesas, manzanas y peras, forman parte de la actividad agrícola que los habitantes de Mallocavén desarrollan desde hace más de un siglo. El pequeño sector rural, ubicado en el norte de Ñuble, también fue conocido hasta fines del siglo pasado por la extracción de camarones.

Sin embargo, su nombre no está asociado principalmente a sus cultivos, sino a la tragedia policial que impactó al país el 17 de octubre de 1974.

Durante el enfrentamiento, seis integrantes de la banda fueron detenidos, mientras que su lugarteniente, conocido como el Polencho, y el Águila lograron huir. La persecución movilizó a Carabineros, Investigaciones y el Ejército, además de numerosos agricultores que se sumaron a la búsqueda.

El Polencho, identificado como Polinario Muñoz Sepúlveda, fue capturado el 21 de octubre, después de permanecer oculto en una casa de Parral. El Águila, en tanto, se vio acorralado y, tras resultar herido por una bala, terminó suicidándose.

La noticia tuvo repercusión en todo el país. En la década de 1970, los cuatreros despertaban un temor comparable al que hoy generan las bandas de narcotraficantes. La caída del Águila, lejos de cerrar el episodio, se convirtió en un hito que año tras año se recuerda en las conmemoraciones por la muerte de ambos mártires.

Incluso 52 años después de los hechos, Mallocavén sigue siendo recordado menos por su actividad agropecuaria que por aquella tragedia, como si el eco de los disparos todavía resonara en el sector.

“Nosotros como familia nos enteramos como dos días después”, recuerda Francisco, hijo de Hugo Monroy, quien tenía 11 años cuando murió su padre. Su imagen quedó retratada junto a la de sus hermanos en las páginas de La Discusión, mientras caminaban detrás del carruaje fúnebre.

“Por un lado, antes no es como ahora, que por internet se sabe todo altiro. Por otro, como que nadie se atrevía a ir a darle la noticia a mi mamá. Recuerdo que un día llegaron mis abuelos y unos tíos a vernos, y uno de ellos nos tomó a los hermanos menores y nos sacó a dar una vuelta a la plaza. Mis abuelos se quedaron en la casa con mi mamá y mi hermano mayor, que también se llamaba Hugo. Ahí nos contaron”, relata.

Al volver a la casa, recuerda, estaba todo lleno de gente, porque su padre era especialmente querido en el sector.

“Él tenía una micro y un día pescó a toda la gente del sector para llevárselos a conocer la playa. Casi ninguno había visto el mar en su vida, por eso fueron varios, me acuerdo, que se pusieron a llorar. Así era él”.

Francisco cuenta que aquella última mañana su padre se fue a trabajar cuando ellos aún dormían, por lo que no pudieron despedirse. Pensaba que regresaría por la tarde con pan caliente, como era la costumbre.

“Mi mamá se opuso a que ninguno de nosotros fuéramos carabineros, pero el más chico se inscribió y no le contó a nadie, y terminó siendo funcionario. No es fácil ser hijo de un mártir, es algo doloroso, aunque siempre se agradece el apoyo de la institución y de tanta otra gente. A veces pienso en las familias y en los hijos de estos carabineros que han matado últimamente y, claro, me cuesta no sentir rabia”.

En Ñuble son decenas los mártires de Carabineros.

Entre los casos más recientes, o al menos en este siglo, figuran los del coronel Ricardo Arrué (2007), Marcelo Mella (2015), Breant Rivas (2022), Jaime Urrea (2026) y Christopher Aguilera (2026).

Así lo contó La Discusión

Las limitaciones de la época, forzaron a los equipos periodísticos de La Discusión, trasladarse hasta la Primera Comisaría de San Carlos, ese viernes 18 de octubre de octubre de 1974, cuando ya la muerte de los dos funcionarios se había confirmado oficialmente.

Una fotografía, en la que aparecía el féretro y la guardia armada sería la portada de la edición del sábado 19, junto al titular “Dos Carabineros Asesinados Por Banda de Cuatreros”.

Notas adicionales explicaban que “El Aguila” eral el jefe de la banda, que contaba con antecedentes penales que incluían homicidios, y que para acceder al lugar del tiroteo, sólo la mitad del camino era posible de recorrer en vehículo. Lo restante, debía ser caminado.

Es en estas crónicas que se revela que el nombre del delincuente buscado era Rogelio Hernández Manríquez y que su zona de operaciones se ubicaba entre Coelemu y Cauquenes.

“Varias veces ha sido detenido y la última vez que lo estaba, se les escabulló desde las calles de Parral a un gendarme que lo custodiaba. El Águila, según dijeron los lugareños del sector, se caracteriza por la excelente puntería para disparar, e incluso cuentan que a veces hacía las escenas de las películas de cowboy. Colocaba tarros en los cercos y luego disparaba y era difícil que errara un tiro”, se puede leer en la edición de ese día.

Lo describían como un hombre de 32 años, con cónyuge en Parral. Era moreno, delgado y de 1.63 metros de estatura, nariz recta “y al parecer, huye con una manta castilla”.

La banda del cuatrero estaba compuesta por otras seis personas, entre ellos, una mujer, Aurora Sepúlveda Valenzuela, quien murió durante el tiroteo.

Para el siguiente martes 22, el diario titulaba “En Parral cayó lugarteniente del bandolero El Águila”, en relación a la captura de José Apolinario Muñoz Sepúlveda, alias “El Polencho”, quien fue encontrado en la casa de otro delincuente buscado por la policía, Alcíbides Valenzuela Retamal, de 32 años, “quien registra una condena en la cárcel de Parral por homicidio y es -según dice el parte policial- de reconocida filiación política MIR”.

Para entonces, se había detenido a la totalidad de la banda, incluyendo a las mujeres Ludovina Valenzuela Cerda y Ludovina Muñoz Valenzuela.

El suicidio de El Águila

En la edición de ese mismo martes 22 de octubre, se notificaba que Carabineros había encontrado dentro de las inmediaciones de Mallocavén, al potro del cuatrero.

“El potro estaba totalmente sudado y es de propiedad de este peligroso delincuente. El potro es de color alazán, cariblanco y de patas también blancas. Se supone que El Águila utilizó el potro durante estos días para su huída, pero sólo se limitó a dar rodeos por la zona, no pudiendo romper el cerco que la policía le ha tendido. Por eso ya bastante desanimado habría decidido deshacerse de la cabalgadura”.

El equipo periodístico de la época, en otras entrevistas con policías y lugareños, lograron conseguir como datos, que el cuatrero imitaba a los bandoleros mexicanos.

“El Águila aparentemente es un ser muy tranquilo y bonachón, pero jamá fue visto sin sus armas, o sea, su pistola calibre 22 y un “choco” que es una carabina Winchester recortada”.

Explican de manera adicional que “si hasta duerme con ellas y usa un cinturón con balas, atravesado desde el hombro a la cintura”.

Dos días después, el matutino confirmaría que un día antes, es decir, el 23 de octubre de 1974, aproximadamente a las 9:00 horas, en una casa de campo de Monte Flor, a unos 22 kilómetros al suroeste de Parral, “Rogelio Hernández Manríquez, alias El Águila, llegó durante una lluvia intensa, pidió desayuno y comió. Después salió a recostarse en un rincón de la galería. Unos veinte minutos más tarde, los moradores escucharon un disparo”.

Felipe Ahumada

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