Las intensas lluvias registradas durante las últimas semanas en Ñuble dejaron imágenes de ríos caudalosos, caminos anegados y una infraestructura sometida a una fuerte presión. Sin embargo, detrás de esa percepción de abundancia se esconde una realidad que obliga a mirar más allá de la coyuntura. Pese a las precipitaciones extraordinarias, Chillán continúa siendo la ciudad del centro-sur del país con el mayor déficit de lluvias, alcanzando un 30,9% menos de agua caída respecto de un año normal. Es una paradoja que demuestra que un gran temporal no basta para revertir años de escasez hídrica ni para garantizar la disponibilidad futura del recurso.
Los especialistas coinciden en que el reciente sistema frontal permitió reducir la brecha, pero también advierten que la situación dependerá de cómo evolucione el resto del invierno. El actual escenario responde, además, a condiciones atmosféricas excepcionales, entre ellas la presencia del fenómeno de El Niño, cuyo efecto no será permanente.
Precisamente por ello, el desafío de Ñuble no puede limitarse a esperar que la naturaleza vuelva a ser generosa. La región necesita fortalecer su capacidad para administrar el agua que recibe durante los períodos lluviosos. Cada invierno que deja escurrir millones de metros cúbicos hacia el mar sin capacidad suficiente para almacenarlos representa una oportunidad perdida para enfrentar los meses secos que inevitablemente volverán.
Los embalses constituyen la herramienta más eficaz para transformar esos episodios de abundancia temporal en seguridad hídrica permanente. No solo permiten asegurar el riego para miles de hectáreas agrícolas, base de la economía regional, sino que también cumplen un rol fundamental en la regulación de las crecidas, reduciendo el riesgo de inundaciones y amortiguando los efectos de los eventos climáticos extremos, cuya frecuencia e intensidad aumentan como consecuencia del cambio climático.
Ñuble conoce demasiado bien esa necesidad. El embalse Punilla continúa esperando una definición definitiva tras años de controversias y postergaciones. Zapallar, llamado a convertirse en una de las principales obras hidráulicas de la región, acumula nuevos retrasos administrativos pese a haber sido adjudicado hace meses, generando creciente inquietud entre los regantes que llevan décadas esperando esta infraestructura estratégica. A ello se suma la aspiración histórica de concretar el embalse Chillán, indispensable para fortalecer la seguridad hídrica de otra importante zona agrícola de la región.
No se trata únicamente de obras para el sector agrícola. La disponibilidad de agua condiciona el desarrollo económico, la generación de empleo, la seguridad alimentaria y la resiliencia de los territorios frente a fenómenos meteorológicos cada vez más extremos. Asimismo, una adecuada regulación de los caudales puede disminuir significativamente los daños que provocan las crecidas invernales sobre comunidades, caminos e infraestructura pública.
Mientras las lluvias continúan ofreciendo un alivio momentáneo, la verdadera tarea sigue pendiente. La región necesita acelerar la materialización de sus embalses con el mismo sentido de urgencia con que enfrenta las emergencias climáticas. Resulta contradictorio movilizar todos los recursos cuando los ríos amenazan con desbordarse, pero aceptar con resignación que esa misma agua se pierda pocas horas después por falta de infraestructura para almacenarla


