Señor Director:
Varias ciudades del país vuelven a cubrirse de ese cielo parduzco que ya nadie debería aceptar como normal. Las alertas y preemergencias ambientales se han repetido estas últimas semanas con la puntualidad de siempre: llega el otoño, se acumula el material particulado, se restringen vehículos y se prohíben los calefactores a leña. El ciclo se repite año tras año como si fuera inevitable.
Pero detrás del parte meteorológico hay consecuencias concretas sobre el cuerpo humano. Respirar aire contaminado irrita las vías aéreas, desencadena crisis asmáticas, deteriora la función pulmonar y abre la puerta a infecciones respiratorias. Los más expuestos son siempre los mismos: niños, adultos mayores, personas con enfermedades crónicas. También el corazón paga el costo: los episodios de alta contaminación se asocian a hipertensión, arritmias y hospitalizaciones por descompensación cardiovascular. Incluso el bienestar mental se resiente, con mayor estrés, insomnio y sensación de malestar sostenido.
Lo que complica el cuadro es que este problema no afecta a todos por igual. Quienes viven en comunas con menos áreas verdes, viviendas precarias y mayor exposición a emisiones industriales o vehiculares cargan con una parte desproporcionada del daño.
Y si bien las recomendaciones de siempre tienen sentido, como evitar actividad física intensa al aire libre, mantener los tratamientos médicos, seguir los reportes oficiales; las soluciones de fondo exigen otra escala de acción: transporte sustentable, fiscalización efectiva, educación ambiental y políticas que reduzcan la exposición de manera estructural. Santiago lleva décadas respirando el mismo problema. Ya es hora de respirar diferente.
Fernando Torres
Toxicólogo



