Tenía poco más de 17 años y estudiaba en el Instituto Santa María de Chillán cuando escuchó por primera vez algo que no logró comprender del todo. Su padre, en una conversación aparentemente cotidiana, le dijo que “les estaban robando las tierras del parque”. No supo bien a qué se refería. Tampoco preguntó demasiado. En ese entonces, dice, no eran temas que le pertenecieran. Sin embargo, sí alcanzó a retener una palabra: parque.
Años después, cuando ya vivía en Santiago y su vida avanzaba por otros caminos esa frase volvió a aparecer, esta vez con más peso. Fue tras la muerte de su padre, cuando su madre le entregó una caja con documentos antiguos. Dentro había papeles amarillentos, cartas escritas en alemán y escrituras que parecían haber esperado décadas para ser leídas. Entre esos documentos, Sonia Jungjohann encontró la evidencia de una donación que cambiaría el rumbo de su vida: nueve hectáreas entregadas en 1929 por su bisabuelo, el inmigrante y empresario Juan Schleyer, para la construcción de un gran parque urbano en Chillán.
Hasta ese momento, reconoce, el nombre de su bisabuelo le era prácticamente desconocido. “Yo dije: ¿quién es este señor?”, recuerda. “No entendía cómo nadie me había hablado de él, de alguien que había hecho algo tan importante”.
Ese hallazgo fue el inicio de una búsqueda que no se detendría. Primero fueron reuniones familiares con otros descendientes, luego la revisión de archivos, diarios y registros históricos. Más tarde vendrían las gestiones con autoridades, las solicitudes públicas de información y, finalmente, la escritura de un libro que le tomó casi dos décadas de investigación. Pero, sobre todo, fue el comienzo de una causa personal. Porque el parque que su bisabuelo imaginó nunca se construyó.
En su lugar, con el paso del tiempo y tras el terremoto de 1939, el terreno comenzó a ser ocupado por viviendas, equipamientos y diversas instalaciones. Hoy, en ese espacio, conviven casas, una medialuna e incluso un consultorio. Para Sonia, no se trata solo de una transformación urbana, sino de algo más profundo: una promesa incumplida.
Desde entonces, su vida ha estado marcada por un objetivo que define sin rodeos: rescatar el parque y honrar la memoria de su bisabuelo. El libro “Raíces, memorias y tierras, el legado de Johann Schleyer Brandt”, llegó después de años de insistencia, de archivos revisados y de una historia que, a medida que avanzaba, parecía crecer en lugar de cerrarse. No fue un proyecto inmediato ni planificado desde el inicio, sino una consecuencia casi inevitable de la investigación. “Me demoré casi veinte años”, dice Sonia Jungjohann, consciente de que lo que tiene hoy entre manos no es solo un relato familiar, sino una pieza de memoria.
La publicación reconstruye la vida de su bisabuelo, Juan Schleyer, desde su llegada a Chile a mediados del siglo XIX hasta su consolidación como empresario y filántropo. Pero también se adentra en la historia de la donación de las nueve hectáreas destinadas a un parque urbano en Chillán, apoyándose en documentación de época, crónicas periodísticas y registros históricos que la autora recopiló durante décadas.
Para levantar ese relato, Sonia revisó archivos del antiguo diario La Discusión, publicaciones locales, revistas especializadas y documentos familiares que, en muchos casos, estaban dispersos o simplemente olvidados. A eso se sumaron aportes inesperados: personas que, al conocer su búsqueda, comenzaron a enviarle fotografías, cartas y objetos vinculados a la familia Schleyer. “Era como abrir una puerta”, recuerda. “Empecé a pedir información y la gente empezó a aparecer, a compartir lo que tenía”.
El resultado es, en palabras de la historiadora chillaneja Alicia Romero, un libro de carácter patrimonial, construido con rigor y con una base documental poco habitual en relatos de este tipo. Pero para su autora, más allá de su valor histórico, la publicación cumple otro propósito: instalar una verdad. “Yo necesitaba escribir la historia para poder contar lo que pasó con el parque”, explica.
Porque el libro no solo mira hacia el pasado. También dialoga con el presente. Se convierte en una forma de visibilizar una deuda que, a su juicio, sigue vigente y que atraviesa generaciones. En ese sentido, la obra no es un punto de llegada, sino una herramienta más dentro de una lucha que, advierte, aún no termina.
En medio de ese camino, marcado por décadas de gestiones y frustraciones, el proyecto del parque ha comenzado, al menos en el papel, a dar nuevas señales de avance. Durante el último año, la iniciativa contó con el respaldo del Gobierno Regional de Ñuble para el desarrollo de su diseño, un paso que, para muchos, podría interpretarse como el inicio concreto de su materialización. Sin embargo, para Sonia Jungjohann, la cautela sigue siendo inevitable. En el libro, la autora también recoge el compromiso del alcalde de Chillán, Camilo Benavente, quien manifiesta su disposición a impulsar la concreción del parque en el terreno que actualmente permanece disponible. Se trata de cerca de 2,3 hectáreas, superficie que quedó tras décadas de ocupaciones y construcciones que redujeron considerablemente la extensión original donada en 1929. Aunque distante de las nueve hectáreas iniciales, ese espacio es hoy el punto desde el cual se proyecta, al menos en parte, la recuperación de la iniciativa. Ahí están la medialuna y una escuela.
A estas alturas, dice, ha aprendido a mirar con distancia cada anuncio. A lo largo de más de veinte años de gestiones, ha visto cómo la idea del parque aparece y desaparece entre promesas, estudios y voluntades que no siempre logran concretarse. Por eso, aunque reconoce el valor de este nuevo impulso, evita darlo por hecho. “Es una realidad en la parte imaginaria”, afirma. “Mientras no lo vea, no es realidad”.
La frase resume no solo su escepticismo, sino también el desgaste de una lucha prolongada. Porque, aunque hoy existe un diseño y una voluntad institucional que comienza a tomar forma, para ella el proyecto sigue estando en una etapa que ya conoce bien: la de las intenciones. “Esto es parte del juego”, agrega, aludiendo a un proceso que describe como una sucesión de avances parciales que no siempre se traducen en acciones concretas.
Aun así, no se detiene. Porque si algo ha sostenido esta historia a lo largo del tiempo no es la certeza de su resultado, sino la convicción de que el parque, más que una obra urbana, representa para su familia una forma de justicia pendiente.



