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Riqueza natural

Antonia Cornejo

Los recientes avistamientos de orcas frente a las costas de Cobquecura y Coelemu representan un espectáculo natural capaz de maravillar a residentes y visitantes. Y constituyen también una poderosa señal sobre el enorme valor ecológico y estratégico que posee el mar de Ñuble, un patrimonio natural cuya protección y desarrollo sustentable se vuelve hoy más urgente que nunca.

Las imágenes de estos cetáceos desplazándose en torno al Santuario de la Naturaleza Islote La Lobería vuelven a confirmar algo que científicos y comunidades costeras vienen advirtiendo hace años: la costa ñublensina es uno de los ecosistemas marinos más ricos y biodiversos del centro sur de Chile. La presencia de sardinas, anchovetas, peces mayores, lobos marinos y aves migratorias conforma una cadena ecológica que permite incluso la presencia recurrente de orcas y ballenas en la zona.

Lejos de tratarse de episodios excepcionales, los registros científicos muestran que estos avistamientos forman parte de un patrón relativamente constante. La costa de Ñuble cumple funciones de alimentación y tránsito para especies marinas de alto valor ecológico, reforzando la necesidad de entender el litoral regional no solo como un espacio económico o turístico, sino también como un ecosistema altamente sensible y estratégico.

Precisamente por ello adquiere especial relevancia la reciente declaratoria de Cobquecura como Zona de Interés Turístico (ZOIT). El reconocimiento aprobado por el Comité de Ministros del Turismo abre una oportunidad histórica para proyectar un modelo de desarrollo sustentable basado en la naturaleza, el patrimonio y la identidad local. Sus playas, humedales, surf, gastronomía, tradiciones rurales y biodiversidad marina constituyen activos que pocas zonas del país reúnen con tanta fuerza en un mismo territorio.

La ZOIT no debe entenderse únicamente como una herramienta administrativa o de promoción turística. Representa la posibilidad concreta de orientar inversiones públicas, infraestructura y planificación territorial bajo criterios de sustentabilidad. Y ello resulta especialmente importante en un momento donde la costa de Ñuble comienza a consolidarse como uno de los principales polos turísticos emergentes de la región.

El entusiasmo que generan estos avances también contrasta con las fragilidades que persisten en el borde costero. El caso de la embarcación encallada en Caleta Rinconada de Taucú ha vuelto a dejar en evidencia la precariedad institucional y la insuficiente presencia del Estado en el litoral ñublensino.

Si bien el retiro de combustible y residuos permitió evitar una catástrofe ambiental mayor, la situación expuso riesgos evidentes para un ecosistema particularmente delicado. La operación de maquinaria pesada sobre dunas costeras, la incertidumbre sobre el retiro definitivo de la nave y el impacto potencial sobre áreas de manejo de pescadores artesanales muestran que la costa regional continúa enfrentando amenazas importantes.

Más aún, el episodio reabre un debate de fondo: Ñuble sigue careciendo de una institucionalidad marítima robusta y permanente acorde a la importancia creciente de su litoral. La ausencia de oficinas costeras permanentes de Sernapesca, mayores capacidades de fiscalización marítima y una presencia más sólida de la Armada limita la capacidad preventiva frente a emergencias y actividades de riesgo.

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