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Reconversión

La decisión de Empresas Iansa de no contratar remolacha para la temporada 2026-2027 constituye una señal de alarma sobre la profunda fragilidad que hoy enfrentan los cultivos anuales en Ñuble y sobre las dificultades estructurales que tiene la agricultura regional para avanzar hacia procesos de reconversión productiva sostenibles y realistas.

El impacto de esta determinación es enorme. No solo afecta directamente a cerca de 250 agricultores vinculados al rubro remolachero y a más de un centenar de trabajadores de la planta de San Carlos, sino también a toda una cadena productiva que involucra transportistas, prestadores de servicios, técnicos, operarios y proveedores, generando miles de empleos directos e indirectos en la región.

La remolacha no era un cultivo cualquiera. Durante más de siete décadas formó parte de la identidad agrícola y económica de Ñuble. Su presencia ayudó a dinamizar comunas rurales, sostuvo empleo permanente y permitió estabilidad a cientos de productores medianos y pequeños. La noticia del fin de la contratación remolachera golpea, precisamente, porque simboliza el progresivo debilitamiento de una agricultura tradicional que durante décadas sostuvo buena parte de la economía regional.

Es evidente que detrás de esta crisis existen factores internacionales difíciles de controlar. La caída del precio mundial del azúcar, el aumento de los costos energéticos y de fertilizantes, además de la creciente competencia del azúcar de caña proveniente de países con menores costos de producción, terminaron por hacer inviable el negocio para la empresa. Sin embargo, sería un error reducir el problema únicamente a variables de mercado.

La situación deja en evidencia una debilidad mucho más profunda: la ausencia de políticas de reconversión agrícola suficientemente robustas para enfrentar el deterioro progresivo de los cultivos anuales. Durante años se ha insistido en la necesidad de migrar hacia frutales, hortalizas u otros rubros de mayor rentabilidad. Pero la realidad demuestra que ese tránsito no es simple ni inmediato. Requiere inversión, financiamiento, infraestructura hídrica, acceso a mercados, asesoría técnica y, sobre todo, tiempo.

Muchos agricultores de Ñuble no cuentan hoy con las condiciones para realizar esa transformación. El establecimiento de huertos frutales implica largos periodos sin retorno económico, altos costos iniciales y mayores niveles de riesgo, especialmente en un contexto marcado por incertidumbre climática, volatilidad internacional y estrechez financiera. A ello se suma que buena parte de la agricultura regional aún presenta brechas importantes en riego, asociatividad y acceso a capital.

La desaparición de la remolacha también instala una reflexión sobre el valor estratégico de ciertos cultivos para el país. La producción agrícola no puede analizarse únicamente bajo criterios de rentabilidad inmediata. Existen dimensiones territoriales, laborales y de seguridad alimentaria que deben formar parte de la discusión. El cierre paulatino de actividades agrícolas tradicionales empobrece el tejido productivo regional y aumenta la dependencia de mercados externos.

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