Señor Director:
El mundo destina cada año alrededor de 2,9 billones de dólares al gasto militar, mientras millones de personas continúan padeciendo hambre y pobreza extrema. Esta realidad invita a reflexionar sobre nuestras prioridades como civilización.
Existe, además, una limitación poco discutida del Producto Interno Bruto (PIB). La fabricación de armamento aumenta el PIB, al igual que la reconstrucción de ciudades destruidas por las guerras. Paradójicamente, una sociedad registra crecimiento económico mientras recupera aquello que perdió a causa de la destrucción.
El PIB mide la producción de bienes y servicios, pero no distingue si esa producción mejora efectivamente la calidad de vida de las personas. Por ello, resulta necesario complementarlo con indicadores que evalúen el verdadero progreso humano.
El éxito de un país debería medirse también por cuánto reduce el hambre, la pobreza, la enfermedad, la violencia y el deterioro ambiental. Ese será un indicador mucho más cercano al auténtico desarrollo.
Las grandes civilizaciones no serán recordadas por el tamaño de sus presupuestos ni por la magnitud de su gasto militar, sino por la capacidad de transformar sus recursos en bienestar, paz y oportunidades para todos.
Jorge Porter Taschkewitz




