Chile es un país de contrastes. Durante 2024 las exportaciones agroalimentarias ascendieron a US$23 mil millones -un récord histórico que nos posiciona entre los grandes proveedores del mundo- y al mismo tiempo, tenemos una emergencia hídrica en 13 regiones simultáneamente, entre ellas, Ñuble.
Esta paradoja no es nueva para la agricultura chilena. De hecho, es su nueva normalidad: producimos más y somos, al mismo tiempo, más vulnerables que nunca. Esa tensión se vive con particular intensidad en el sur, donde el cambio climático dejó de ser una amenaza teórica para convertirse en una realidad tangible que hoy reorganiza campos, ciclos de cultivos y las decisiones diarias de cientos de familias productoras.
El agro siempre ha enfrentado desafíos. Lo que define a los sectores que perduran no es la capacidad de evitarlos, sino la resiliencia para responder a ellos. Las agro empresas del sur llevan tiempo liderando esta respuesta. Para ello han incorporado riego tecnificado de alta precisión, adaptando variedades resistentes, modernizando sus procesos logísticos e integrando robótica y análisis de datos en tiempo real a su gestión cotidiana. En ese sentido, el sur se está anticipando -sin haberlo planificado- a lo que viene.
Ñuble ocupa un lugar singular en este mapa. Situada en el límite entre la agricultura tradicional del valle central y los sistemas productivos del sur austral, es una zona de transición en el sentido más literal: el umbral desde donde se puede observar todo lo que está cambiando y hacia dónde se dirige el futuro del agro chileno. Más que una mera coincidencia geográfica, se debe valorar como una posición estratégica.
Afortunadamente, la región, a través de sus universidades, centros de formación y nodos de investigación, acumula décadas de conocimiento en innovación: gestión de recursos hídricos, adaptación de cultivos, sistemas ganaderos sostenibles, inocuidad alimentaria y mecanización avanzada. Este capital científico y técnico, construido con esfuerzo a través del tiempo, hoy está en condiciones óptimas de dar un salto cualitativo: dejar de ser un insumo académico y convertirse en una solución escalable y referente para impulsar la transformación productiva del país.
No se trata de importar ciencia para aplicarla aquí de forma genérica. Se trata de sistematizar, potenciar y proyectar lo que ya se ha desarrollado localmente, para que las respuestas que Ñuble y el sur austral han construido desde la práctica en terreno se conviertan en modelos replicables, en tecnología transferible y en política pública con fundamento sólido.
El sur puede ser el territorio desde donde Chile responda una de las preguntas más urgentes de nuestro tiempo: ¿cómo producir alimentos de forma sostenible cuando el clima ya no se comporta como antes? Si Chile exporta confianza alimentaria al mundo, Ñuble tiene la gran oportunidad de exportar algo todavía más valioso: el conocimiento científico y las soluciones técnicas de cómo se hace. La agricultura del futuro se está diseñando hoy en nuestros campos y Ñuble es el escenario donde se definen las respuestas para un mundo que demanda alimento, sostenibilidad y adaptabilidad en partes iguales.
Macarena Dávila Vera
Académica Escuela de Administración y Negocios
Directora General Universidad de Concepción campus Chillán



