Señor Director:
En Chile, la palabra “negociar” se ha ido cargando de tensión. En el mundo político, esta percepción se intensifica: negociar muchas veces se vive como un riesgo, una señal de debilidad o una amenaza frente a la propia identidad. Y así, hemos ido empobreciendo algo que es esencial para la vida democrática. Porque cuando negociar se transforma en un juego de suma cero —donde si uno gana, otro pierde—, el que realmente pierde es el país.
La palabra “negociar” es un acto de responsabilidad compartida. Es entrar en el espacio donde algo importante necesita ser resuelto entre personas.
Y hoy, Chile necesita justamente eso. No más conversaciones orientadas a imponerse, sino a resolver.
El oficialismo y la oposición no están llamados a pensar igual. Tampoco renunciar a sus convicciones. Están llamados a algo mucho más desafiante: a sostener sus diferencias con altura y construir en conjunto.
Porque los grandes temas del país —seguridad, salud, educación, crecimiento, cohesión social— no pertenecen a un sector, nos atraviesan a todos y requieren algo que hoy escasea: la capacidad de coordinar voluntades en medio de la diferencia.
Negociar, en este contexto, deja de ser una herramienta táctica y se transforma en una competencia democrática esencial.
Porque negociar desde la construcción no significa ceder sin criterio. Significa ampliar la mirada. Significa entender que, en ciertos espacios, el verdadero logro no está en imponer una idea, sino en hacer posible un acuerdo que sostenga a la sociedad.
Hoy, Chile necesita acuerdos que generen estabilidad, confianza y dirección.
Pablo Fuenzalida
Socio Fund. de Dinámicas Humanas




