En el ámbito académico, el dominio del inglés es una habilidad esencial, sobre todo porque es la lengua de internet, de la producción científica y la inteligencia artificial. Para certificar competencias en idiomas se evalúan cuatro habilidades -escuchar, hablar, leer y escribir- organizadas en la escala del Marco Común Europeo de Referencia para las Lenguas, que va desde A1 (usuario básico) hasta C2 (usuario competente).
En Chile, las bases curriculares de inglés establecen que los estudiantes deben alcanzar el nivel A2 al finalizar 8° básico y el nivel B1 al concluir 4° medio. No obstante, en la práctica estos estándares no se cumplen. La evidencia es clara: las universidades, aun recibiendo a los mejores egresados del sistema escolar, constatan que solo una minoría exhibe las competencias propias del nivel B1. Es decir, comprender los puntos principales de textos claros sobre temas familiares, desenvolverse en situaciones cotidianas, producir textos sencillos y coherentes y describir experiencias y opiniones con explicaciones breves (MCER).
El currículo escolar chileno descuidó la enseñanza del inglés. La última evaluación destinada a medir el nivel en los colegios públicos fue aplicada en 2014 por la Agencia de la Calidad de la Educación. Desde entonces, el país carece de un sistema oficial de medición que permita conocer el verdadero nivel de los estudiantes. Y cuando existió, la prueba resultó igualmente defectuosa, pues el Simce de inglés, como fue denominada, evaluaba solo comprensión auditiva y lectora, dejando fuera las habilidades productivas de hablar y escribir, que son las más útiles para desenvolverse en la vida cotidiana y profesional.
Es paradójico que el currículo nacional destine aproximadamente 1.600 horas de instrucción obligatoria de inglés entre 5° básico y 4° medio, y aun así la mayoría de los estudiantes egresados de la enseñanza media no alcance el nivel B1. Este desfase obliga a preguntarse qué se está realizando en los colegios con esas horas de clase. ¿Se privilegia la memorización de vocabulario por sobre la práctica comunicativa? ¿Se limita la enseñanza a pruebas estandarizadas sin desarrollar producción oral y escrita?
Es urgente que se supervise y estandarice el uso pedagógico de las horas de inglés obligatorias. La brecha entre lo estipulado en las bases curriculares y lo que realmente logran los estudiantes exige una revisión profunda de las metodologías y de la evaluación. En este desafío también tienen responsabilidad los profesores de inglés, quienes son los encargados directos de transformar esas horas en aprendizajes significativos y competencias reales. Pero no son los únicos: las familias también son responsables, pues muchas veces priorizan que sus hijos progresen en aquellas asignaturas que cuentan para la PAES, relegando el inglés a un segundo plano. Se debe saldar esta deuda con los estudiantes, quienes quedan en desigualdad de oportunidades frente a un mundo académico y laboral globalizado. Además, se ven impedidos de acceder a un vasto caudal de información en ciencia, tecnología y comunicación digital, lo que limita su participación en la sociedad del conocimiento.
Carmen Pérez Riquelme
Académica Escuela de Administración y Negocios
Universidad de Concepción




