Esta semana se materializó la última recepción de remolacha en la planta Iansa, de Cocharcas, la última planta de refinación de remolacha azucarera que queda en el país. Y con ello se pone fin a una era de progreso para la agricultura de la región y de la macrozona, pues desde el mundo productivo como académico existe coincidencia respecto del relevante aporte de este cultivo en dimensiones como la tecnología, la mecanización y el riego, donde se mantuvo a la vanguardia durante décadas y con ello, permeo a los demás rubros.
Para Ñuble, la historia comenzó en 1967, con la inauguración de la planta Cocharcas (San Carlos), de la entonces estatal Industria Azucarera Nacional S.A., pero el dinamismo venía de mucho antes, desde el nacimiento de la Iansa, en 1953, con la apertura de refinadoras, primero en Los Ángeles, luego en Llanquihue, Linares, San Carlos y Curicó, y con ellas, de la transferencia tecnológica y el apoyo financiero a los agricultores para impulsar la industria nacional y el cultivo de remolacha.
Su impacto económico en los territorios es indiscutible, moviendo no solo la mano de obra, los servicios, el comercio y el transporte a nivel local, entre otros rubros, sino que también empujando las transformaciones tecnológicas en el campo.
Y si bien la historia comenzó a acercarse al final cuando el escenario internacional se hizo más complejo para el azúcar de remolacha, el cierre sucesivo de las plantas refinadoras durante las últimas dos décadas fue confirmando que este cultivo tenía sus años contados, lo que se reflejó en la constante caída de la superficie, que pasó de unas 60 mil hectáreas en el país en su periodo de auge, a cerca de 7 mil hectáreas en los últimos años. Hasta que en abril pasado Empresas Iansa anunció que no contratará superficie ni comprará remolacha para la temporada 2026-27, una medida inédita en 73 años que puso la lápida al cultivo.
El 29 de abril, la compañía adquirida recientemente por la norteamericana Hartree Partners, informó a los remolacheros, a los trabajadores de la empresa y a la comunidad, que no contratará superficie para la temporada 2026-27, afectando directamente a cerca de 300 agricultores del país así como a todos los actores de la cadena productiva, entre transportistas, proveedores, prestadores de servicios, técnicos y operarios agrícolas que, según estimaciones, rondan los tres mil.
Según Odepa, en la temporada 2024-25 se sembraron 7.892 hectáreas de remolacha en el país, de las cuales 4.423 corresponden a Ñuble.
La compañía indicó que dedicará la capacidad de producción de su planta ubicada en Cocharcas a la refinación de azúcar cruda importada, una línea que se abrió en 2012 con foco en el azúcar de caña, que exhibe menores costos de producción, lo que permitió compensar la caída de la superficie derivada del cierre de las plantas procesadoras de Linares y Los Ángeles.
Recientemente, el economista Renato Segura, académico de la Universidad Federico Santa María, resumió los factores que llevaron a este escenario: “La crisis se manifiesta en los años 80 con la apertura comercial y la aparición de bienes sustitutos. En esta realidad, el mercado del azúcar en Chile quedaba vulnerable a la competencia de azúcar importada y/o materia prima importada. El primer espolonazo se produce por los costos: producir un kilo de azúcar refinada utilizando remolacha cuesta el doble que producir el mismo kilo utilizando caña de azúcar. El segundo espolonazo vino por el lado de los agricultores: la política centrada en el uso de la remolacha para la producción de azúcar había generado un monopsonio (alto poder de mercado del comprador) que entraba en conflicto con los intereses de los agricultores. El tercer espolonazo provino de la apertura de los mercados: la integración de los mercados para bienes transables se caracteriza por relaciones comerciales de corto plazo con incertidumbre en el precio. El espolonazo final provino de la aparición de sustitutos perfectos: por razones de control de peso o salud, la industria alimenticia creó los edulcorantes, sustituto de bajo precio que aceleró la presión sobre la competitividad de Iansa y su cadena de valor, migrando a nuevos productos y/o procesos. Los efectos en el sector se precipitaron con el cierre de las plantas de Linares (2018), Los Ángeles (2020) y la decisión de Iansa de cerrar el poder de compra de remolacha a partir de la próxima temporada 2026-27”.
Un legado de transformaciones
Según el académico de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Concepción, Campus Chillán, Dr. Raúl Cerda, la industria azucarera deja un legado de transformaciones en la agricultura de Ñuble.
“El aporte de Iansa y, por lo tanto, el escalamiento hacia atrás, que vendrían a ser los productores, los que generaban la materia prima, hubo un cambio completo. Efectivamente, desde un punto de vista tecnológico fue grande el salto que se dio”, subrayó el profesor, quien recordó que “antiguamente, el piso de rendimiento era 30 toneladas por hectárea, “pero nunca nadie pensó que podíamos llegar a 100 y sobre 100 toneladas. Y eso claramente se pudo; algo que seguramente en esos tiempos era impensable, sin embargo, se llegó en la línea de hacer más competitivo el azúcar, porque estábamos compitiendo con otros tipos de azúcar y también con los cambios del gusto de los consumidores”.
El Dr. Cerda enfatizó que “el esfuerzo fue grande. En el tema riego, en mecanización, en fertilización, en los cambios de variedades, cuando se pasó de multigérmica a monogérmica, hay que recordar que antiguamente había que ‘despulgar’ la remolacha, es decir, había que sacarle todas las plantitas del lado porque era multigérmica. Entonces, todos esos son cambios tecnológicos, la producción de remolacha era de avanzada. Otro ejemplo se observó en la cosecha, cómo se terminó cosechando gracias a una fuerte mecanización, tecnologías que efectivamente fueron adoptadas por los agricultores. Porque, si yo soy el poder comprador, entonces te pido que realmente produzcas de mejor manera; y te capacito y te mando técnicos y agrónomos y se va incorporando tecnología poco a poco. Eso es un cambio grande que no lo hemos tenido en otro rubro”.
El académico reafirmó que en los años ochenta y noventa la remolacha era el cultivo líder en la zona, cuya permanente modernización también fue permeando a otros rubros. “Indudablemente que sí, si lo vemos del punto de vista de la productividad que hemos tenido en los otros rubros como maíz o trigo, iban a la par; además, estaba dentro de la rotación. Entonces, el productor tenía remolacha y luego el suelo quedaba muy bien fertilizado para el siguiente cultivo”, aseveró.
También apuntó a la importancia del cultivo en el avance del riego tecnificado en la región. “La Iansa tuvo un gran mérito, que fue buscar de qué manera lograban ser más competitivos en la producción de remolacha como materia prima para el azúcar. Y una de las cosas fue justamente cambiar las variedades a monogérmicas, el tema del fertilizante y el riego. De hecho, hubo una unidad que se creó especialmente para eso y a su vez, vendían los equipos de riego, por lo tanto, no era una cosa casual, no era una recomendación nomás, sino que también te incluían dentro del paquete la posibilidad de que tú accedieras al sistema de riego, que en ese tiempo eran de aspersión”, explicó, al tiempo que hizo un repaso de la evolución de los sistemas de riego en el rubro, antiguamente por tendido, luego por surco, después se saltó a la aspersión y al pivote.
Pero también hizo hincapié en el acceso a financiamiento de estos cambios tecnológicos: “una cosa es que esas tecnologías existieran y otra cosa es que existieran los instrumentos para que los agricultores pudieran adoptarlas. Y la Iansa les daba el crédito, proveía los equipos y la asistencia técnica, para que ellos pudieran entonces comprar un pivote, postular a la ley 18.450 de fomento al riego (subsidio estatal), porque ellos ya tenían toda la infraestructura y las unidades para poder ir apoyándolos en eso, porque la empresa quería llegar a las 100 toneladas y para llegar a ese rendimiento sabía que el riego era clave. Y los agricultores apoyaron”.
En ese sentido, el académico UdeC puntualizó que el apoyo de Iansa a los agricultores no fue solo financiero. “Una cosa es entregar dinero y otra cosa es ir adelantándose al mercado y a la competitividad que está expuesto el rubro, yo creo que hay que sacarse el sombrero desde ese punto de vista, porque ellos se iban adelantando, era un compromiso con los agricultores, claramente la zona dependía del rubro. Hoy en día, difícilmente se puede pensar en una industria de ese tipo, con ese nivel de compromiso”.
La revolución del riego
El agricultor Carlos Smith, exremolachero y vicepresidente de la Asociación de Agricultores de Ñuble, relevó las revoluciones que provocó el cultivo de remolacha en el agro local, mediante la incorporación de tecnología.
“Antiguamente, se demandaba mucha mano de obra. Después de la siembra, había que hacer un calado manual para dejar las plántulas a una distancia apropiada, y después venía el despulgue. Más o menos hasta el año 90 la remolacha era multigérmica, es decir, una pepita tenía tres a cuatro semillas dentro, lo que obligaba a despulgar las plantas; después se aplicaba el salitre a mano y más adelante, toda la maleza se controlaba con las picas manuales, no había herbicida. Finalmente, en la cosecha no había máquinas, había cuadrillas que pasaban por las hileras”, recordó.
“Y el cultivo -continuó- alcanzaba para pagar todo eso y para que al agricultor le quedara platita, hubo gente que compró campo gracias a la siembra de la remolacha, porque, además, desde ese entonces la industria le anticipaba al agricultor parte de sus insumos, entonces, la gente que no tenía capital podía sembrar y también la pequeña agricultura, había muchos parceleros de la reforma agraria en San Carlos, en Bulnes, en Coihueco, en zonas que eran muy agrícolas, en dos a tres hectáreas”.
Apuntó que el primer cambio se produjo cuando apareció la semilla monogérmica, fruto del mejoramiento genético, que simplificó las labores en el campo. Y de la mano de ese cambio vino la pelletización del grano, lo que permitió la siembra con máquinas neumáticas, otra transformación que suprimió gran cantidad de mano de obra, sumado al uso de algunos herbicidas y de maquinaria agrícola ad-hoc.
Smith hizo hincapié en que a medida que se redujo la demanda por mano de obra, en el campo ésta se hizo más escasa y, por tanto, más cara, lo que concluyó, respondió a la evolución de las distintas actividades agrícolas que se dieron en la zona, que impulsaron un mejoramiento de los ingresos.
Sin embargo, indicó que “el gran salto en los rendimientos se produjo cuando se implementa el riego tecnificado. Ahí es donde se produjo la gran mejora, porque no solo permitió poner el agua justa de lo que necesitaba el cultivo, sino que también el regar de esa forma permitió tener los cultivos más limpios, o sea, la competencia con la maleza disminuyó brutalmente”.
Sostuvo que “aquí partimos con el riego a inicios de los años 90, y se produce un gran impulso cuando llegan a la propiedad de Iansa los españoles, con técnicos que vinieron a aportar a partir del desarrollo que había tenido la remolacha en España, ellos trajeron la tecnología. Ellos fueron los grandes responsables del cambio tecnológico y de pasar de 60 toneladas por hectárea a 80 y llegar a 100 con peaks de 140”.
Finalmente, el dirigente gremial destacó que el efecto que tuvo la remolacha en otros cultivos. “Sin duda, permeó el desarrollo agrícola de la zona. Como era un cultivo que al aplicar tecnología respondía bien, entonces la gente empezó a aplicar tecnología, empezó a mecanizarse, compró sembradora, cultivadores, tractores; y toda esa mecanización para la remolacha sirvió también para los otros cultivos”. Pero además de la tecnología, las prácticas agrícolas fueron más rigurosas, porque así lo establecían los protocolos de manejo que exigía la remolacha. “La gente aprendió a hacer una agricultura mucho más prolija con la aplicación de la tecnología de la remolacha, la extrapoló a los otros cultivos también”, cerró Smith.




