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La facultad olvidada

 

Señor Director:

Observo con inquietud cómo nuestra clase política confunde con frecuencia el manejo de datos y el conocimiento técnico con la verdadera capacidad de guiar a una nación. En la contienda pública abundan las etiquetas y las cuotas de información, pero brilla por su ausencia la sabiduría, aquella que constituye la herramienta suprema del ser humano.

El conocimiento nos otorga el poder de transformar el entorno, pero solo la sabiduría, como el más alto instrumento del juicio y la experiencia, nos indica si debemos hacerlo y hacia dónde dirigir nuestros pasos. Mientras el dato es efímero y la información es ciega a la ética, la sabiduría pondera el impacto del tiempo, la mesura y el bienestar del espíritu humano.

En el espectáculo político actual no hay espacio para esta virtud. Nuestros dirigentes prefieren la astucia del momento y el grito estridente antes que recurrir al instrumento más noble de la condición humana, la reflexión pausada y la ecuanimidad. Se olvida que el conocimiento sin sabiduría no es más que una herramienta peligrosa en manos de la ambición.

Valdría la pena recordar a quienes nos representan que la solidez de una sociedad no se mide por la cantidad de información que ostentan sus líderes, sino por la sabiduría con la que gobiernan sus propios impulsos en favor de la concordia.

Jorge Porter Taschkewitz

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