José Joaquín Brunner participó este jueves en la ceremonia de inauguración del año académico 2026 del Magíster en Política y Gobierno de la Universidad de Concepción (UdeC). Su trayectoria es reconocida en áreas relevantes como la educación y la política en nuestro país.
En conversación con Diario Concepción, abordó el futuro de las universidades, el rol del Estado en la investigación y lo que debe resolverse para mejorar la educación pública.
El profesor emérito de la Universidad Diego Portales, investigador de la Universidad de Tarapacá y miembro del Consejo Nacional de Educación (CNED) plantea que, en medio del avance de la inteligencia artificial y la revolución digital, el principal desafío de Chile sigue estando en el sistema educativo, principalmente en garantizar oportunidades de aprendizaje de calidad para todos.
-Ha hablado recientemente de una “crisis de época”, marcada por la transición hacia una sociedad digital, cambios tecnológicos, tensiones democráticas y nuevas relaciones de poder. ¿Cómo observa al Chile de hoy en ese contexto y qué papel debería cumplir la educación para preparar al país para los cambios que vienen?
Las universidades, por definición, son un lugar donde el Estado y la sociedad chilena, en este caso, pero también la sociedad global encuentran uno de los espacios para reflexionar y entender estos procesos tan significativos de cambio que está experimentando el mundo hoy y, particularmente, el mundo del conocimiento, que es el que avanza más rápidamente en virtud de toda la revolución digital, hoy bajo el impacto de la inteligencia artificial.
-Usted integra el Consejo Nacional de Educación, que entre otras funciones revisa y aprueba instrumentos curriculares del sistema escolar. Mirando los cambios sociales y tecnológicos que estamos viviendo, ¿qué debería asegurar hoy la educación escolar que quizás no está asegurando suficientemente? ¿Dónde están, a su juicio, los principales cambios que necesita la educación escolar chilena?
La educación escolar, que en realidad ha acompañado a la humanidad a lo largo de los siglos, sigue teniendo una función esencial en acompañar a infantes, niñas, niños y jóvenes adolescentes en el desarrollo de una etapa clave de sus vidas, que es aquella en que, llamémoslo así, la inteligencia no artificial, sino la inteligencia biológica, está en plena etapa de ebullición y desarrollo. Efectivamente, lo más probable es que existan límites biológicos que no permiten sustituir los aprendizajes relativamente lentos que se realizan durante esa etapa, que va desde los primeros días de vida hasta, inicialmente, los 6 o 7 años, cuando se ingresa al sistema escolar, y luego se prolonga hasta los 18 años. Entonces, en toda esa etapa habrá que respetar ciertos ritmos que tienen determinantes biológicos, acompañándolos con el desarrollo de un conjunto de habilidades que permitan ingresar a la sociedad digital, con todas sus velocidades, cambios y nuevas competencias requeridas, particularmente en el uso de la inteligencia artificial. Finalmente, vamos a vivir en un mundo de inteligencias artificiales. Y eso no significa que desde los cero años debiéramos implantar un chip, como se dice a veces. ¿Para qué vamos a seguir educando? Pongámosle un chip donde la persona de inmediato hable tres idiomas, por ejemplo. Es una visión bastante primitiva de lo que es el aprendizaje que realiza la persona, el cerebro humano y las sociedades durante la etapa en que las nuevas generaciones recién empiezan a constituirse como personas. Pero será necesario acompañar este proceso con otras habilidades que tienen que ver con procesar, analizar y someter críticamente a la reflexión el conocimiento que se obtiene todos los días y, a esta altura, con una velocidad increíble.
-Ha cuestionado que proyectemos el futuro de la educación superior simplemente como una versión mejorada del sistema que tenemos hoy. ¿En qué pie están las universidades chilenas frente a las transformaciones que vienen y qué tendría que cambiar realmente durante la próxima década?
Como sabemos que existen una serie de predisposiciones necesarias para poder, a partir de cierta edad, dominar la lectura comprensiva, es decir, leer no es puramente juntar letras, sino leer frases y entender el significado que está siendo transmitido por ellas, aprendiendo a interpretar, por lo tanto, todo un nuevo lenguaje, también hay que prepararse para este nuevo escenario. No vamos a sustituir la inteligencia biológica, pero sí debemos prepararla. Así como la preparamos para leer, que es aprender un lenguaje nuevo; como le enseñamos un lenguaje numérico, que son las matemáticas; y crecientemente le enseñamos un segundo idioma, particularmente el inglés, porque es el idioma más difundido en el mundo hoy. Ahora habrá que agregar esta preparación. Quienes diseñan los currículos y los docentes de los colegios, desde la sala cuna en adelante, entienden cómo se puede empezar a preparar para este otro lenguaje, que es el lenguaje de la inteligencia artificial. Eso es algo que vamos a tener que agregar al currículum, a las jornadas y a los planes escolares.
-La rectora de la Universidad de Concepción, Jacqueline Sepúlveda, ha planteado una idea que denomina “soberanía intelectual”: la capacidad de una sociedad para formular sus propias preguntas, producir y contrastar conocimiento y tomar decisiones con evidencia, cooperando con el mundo sin renunciar al juicio propio. ¿Le hace sentido esa idea para describir uno de los deberes centrales de la universidad contemporánea? ¿Qué papel pueden cumplir las universidades regionales en construir esa capacidad en Chile?
Una de las cosas que tiende a perderse es la sapiencia que tienen, por ejemplo, lo local frente a lo nacional, y lo regional frente a lo nacional y lo global. Con la inteligencia artificial, efectivamente, estamos en un medioambiente global, lo cual no hace desaparecer las diferencias ni las desigualdades, pero también coloca a todos en un terreno donde están en condiciones de dominar este nuevo medioambiente de inteligencia artificial y participar de él. La enseñanza de lo que aquí estamos nombrando como soberanía cognitiva es algo fundamental, pero no es tan distinta de lo que hacemos desde la infancia en adelante en términos de inteligencia biológica. También enseñamos a no externalizar, como se dice ahora, las capacidades cognitivas, de modo que no sea un pequeño grupo el único que reflexiona, se pregunta y escribe. Bueno, ese fue el origen de la humanidad y tuvo enorme importancia.
-Para que esa capacidad no quede solamente en una declaración, un país necesita producir conocimiento propio. ¿Qué rol debería jugar el Estado en el fortalecimiento de la investigación, la ciencia y la innovación? ¿Chile está haciendo lo suficiente para sostener universidades capaces de generar conocimiento y aportar a las decisiones que toma el país?
El Estado es y tendrá que seguir siendo un actor fundamental, básicamente en el financiamiento de la investigación, que sabemos bien comprende distintos tipos de investigaciones, según se trate de las diversas disciplinas o de investigaciones multidisciplinarias o transdisciplinarias. Una función básica del Estado es estimular la investigación en sí misma, como expresión de la curiosidad de la inteligencia humana y, hoy día, también de la inteligencia artificial, para avanzar en la frontera del conocimiento, ya sea en astronomía, sociología, historia o biología. Por otro lado, el Estado, como ocurre en todas partes, tiene que fijar determinadas prioridades. Aquí hemos estado discutiendo porque, de repente, se ha intentado transformar aquello que no tiene prioridad y que se rige por la curiosidad de los investigadores, los departamentos y las universidades, en objeto de investigaciones prioritarias. Con ello cortaríamos la base de la investigación autónoma, guiada por las grandes preguntas que los propios investigadores nos formulamos y donde recibimos o no recursos, becas o financiamiento en virtud del juicio de nuestros pares, que son quienes están mejor capacitados para juzgar si aquello que tratamos de investigar tiene sentido y valor para la sociedad.
-¿Podría profundizar en esa idea?
Hay otro tipo de investigaciones. Por ejemplo, todo lo que apoya Corfo, que históricamente en Chile, desde hace décadas, trabaja con prioridades definidas. Es evidente que el país necesita desarrollar prioritariamente cierto tipo de investigación avanzada en algunos campos de la oceanografía o de la minería subterránea, porque hoy estamos pasando a tener gran parte de nuestra minería del cobre bajo esa modalidad. También es importante investigar la capacidad y posibilidad de utilizar agua de mar para transformarla en agua potable para las ciudades o para el trabajo minero. En fin, hay lugar también para la investigación guiada por prioridades, y el Estado debe velar porque esta se financie. Por último, el Estado debe prestar una atención especial a aquellas disciplinas que responden a los problemas y cuestiones relacionadas con el sentido de la vida y de la existencia, tanto de los individuos como de los grupos y las sociedades. Me refiero a las ciencias sociales, las humanidades y las artes. ¿Por qué? Porque hay que protegerlas particularmente, ya que no tienen una rentabilidad económica inmediata. En sociedades cada vez más economizadas y preocupadas por el capital humano y la rentabilidad del trabajo, estas disciplinas, y hablo desde la perspectiva de un sociólogo de la educación, si no son protegidas, terminan siendo desplazadas por aquellas áreas y prácticas de investigación que pueden mostrar retornos más inmediatos.
-Ha insistido también en que debemos dejar de pensar la educación superior como una etapa que se concentra entre los 18 y los 24 o 30 años. En un escenario de aprendizaje a lo largo de la vida y de transformación acelerada del empleo, ¿está preparada la educación técnico-profesional chilena? ¿Qué debería cambiar?
Todas están haciendo ese tránsito. Nosotros no lo advertimos tanto porque no observamos con suficiente detalle los datos de edad promedio de los estudiantes. Nuestras instituciones están, entre comillas, envejeciendo. En las carreras técnicas, el promedio de edad ya supera los 30 años, y eso será cada vez más frecuente también en las universidades. Entre otras razones, porque Chile enfrenta un fenómeno demográfico extraordinariamente intenso de caída de la tasa de fertilidad. Los colegios ya lo están resintiendo. Hay menos niños y jóvenes entre 0 y 18 años. Y durante las próximas dos décadas la población entre 18 y 35 años seguirá reduciéndose. Por lo tanto, las instituciones harán lo que ya están haciendo: buscar otro tipo de necesidades y demandas formativas de una población que además vivirá cada vez más tiempo. Entonces, es necesario identificar qué tipo de ofertas formativas vale la pena desarrollar para personas de 35 a 45 años, de 45 a 65 años y también de 65 a 85 años, porque una parte importante de esa población seguirá trabajando y requiriendo renovar habilidades y conocimientos.
Texto: Aníbal Torres



