La Antártica vive una paradoja, mientras el interés mundial por conocerla continúa creciendo, también aumentan los desafíos para proteger sus ecosistemas frente a nuevas amenazas. En este contexto, el Instituto de Ecología y Biodiversidad –IEB– se adjudicó por primera vez un proyecto del Instituto Antártico Chileno –Inach-, orientado a fortalecer la bioseguridad y la conservación de la biodiversidad antártica frente al incremento de las actividades humanas.
La iniciativa “Comprendiendo el rol de las actividades humanas en el riesgo de invasiones vegetales en la Antártica: hacia un sistema de monitoreo y bioseguridad”, es liderada por Eduardo Fuentes, investigador del IEB y coordinador del Programa Integrador del Laboratorio de Invasiones Biológicas –LIB UdeC-, junto a un equipo multidisciplinario conformado por Alejandra Jiménez, Paola Poch, Rafael García y Aníbal Pauchard.
El proyecto se ejecutará a partir de 2027 y busca responder ¿cómo compatibilizar el creciente turismo de alto interés y las actividades científicas con la protección efectiva de los ecosistemas antárticos frente a las invasiones biológicas?
Turismo, ciencia y cambio climático
Aunque la Antártica ha sido considerada históricamente un ecosistema aislado y protegido por sus condiciones extremas, el escenario está cambiando. El aumento de visitantes, operaciones científicas y actividades logísticas, sumado a los efectos del cambio climático, está generando condiciones más favorables para la llegada y eventual establecimiento de especies exóticas.
“Hoy existe mucho más movimiento de personas, barcos, turismo, actividades científicas y logísticas, y todo eso aumenta las probabilidades de que lleguen especies exóticas, por ejemplo, semillas, fragmentos de plantas u otros organismos asociados a la ropa, al calzado, a la carga o a las embarcaciones”, explicó Fuentes. El investigador advierte que esta amenaza se vuelve especialmente relevante porque la biodiversidad antártica es única y altamente especializada a perturbaciones externas.
“Con el cambio climático, algunas de las barreras naturales que históricamente impedían el establecimiento de especies exóticas comienzan a disminuir. Eso significa que organismos que antes no podían sobrevivir podrían encontrar oportunidades para establecerse. Las invasiones biológicas y el cambio climático actúan de manera conjunta, aumentando la vulnerabilidad de estos ecosistemas”, señaló.
Uno de los focos centrales de la investigación será comprender cómo turistas, científicos, operadores logísticos y personal de apoyo pueden actuar involuntariamente como vectores de dispersión de especies exóticas. Estudios previos desarrollados por el equipo ya habían detectado la presencia de semillas depositadas en el suelo antártico asociada a sectores con alta actividad humana en la Península Antártica. Ahora, el objetivo es cuantificar con mayor precisión la magnitud de este fenómeno.
“Las personas pueden transportar semillas y otros propágulos adheridos al calzado, la ropa, mochilas, equipos o materiales que ingresan a la Antártica. Lo que buscamos ahora es entender mejor cuánto material biológico se está movilizando y cuáles son las principales vías de ingreso”, explicó Fuentes. Para ello, el proyecto implementará protocolos de monitoreo que incluyen el aspirado y análisis de ropa, zapatos, equipamiento científico, vehículos y carga, permitiendo identificar los puntos críticos de ingreso de especies potencialmente invasoras.
Bioseguridad
Actualmente se han registrado al menos 27 introducciones involuntarias de especies exóticas de plantas en la Península Antártica, principalmente asociada a estaciones científicas. Si bien la mayoría no ha sido exitosa en el establecimiento, la comunidad científica coincide en que el riesgo aumentará durante las próximas décadas debido a la combinación de cambio climático y creciente actividad humana. La situación es especialmente sensible porque la vida terrestre antártica se concentra en apenas un 3% de la superficie libre de hielo de la Península Antártica, donde habitan especies únicas adaptadas a condiciones extremas.
En este escenario, el proyecto busca transformar el conocimiento científico en herramientas concretas para la gestión ambiental, fortaleciendo la bioseguridad como una estrategia clave para la conservación. Además, la investigación cobra especial relevancia en un contexto donde el turismo antártico continúa posicionándose como una experiencia de alto interés internacional. Cada temporada, cerca de 120 mil turistas llegan al continente a través de cruceros y expediciones especializadas.
Lejos de plantear restricciones al desarrollo turístico, el proyecto busca aportar evidencia científica que permita fortalecer su sostenibilidad. “Algunos operadores turísticos ya aplican protocolos de limpieza y desinfección, especialmente en rutas que conectan con islas subantárticas. Nuestro objetivo es generar información que permita mejorar y ampliar estas medidas, no solo para el turismo, sino también para científicos, personal logístico, militares y todas las personas que ingresan a la Antártica”, afirmó el investigador.
Plataforma para anticipar riesgos
Uno de los principales resultados del proyecto será el desarrollo de una plataforma interactiva de acceso público que permitirá identificar áreas con mayor probabilidad de establecimiento de especies exóticas. La herramienta integrará información climática obtenida mediante sensores en terreno, registros de biodiversidad, datos sobre actividades humanas y resultados experimentales relacionados con la capacidad de supervivencia de distintas especies exóticas bajo condiciones de crecimiento antárticas.
“Queremos construir una plataforma que permita identificar las zonas de mayor riesgo y orientar los esfuerzos de monitoreo y bioseguridad. La idea es que pueda ser utilizada por instituciones, operadores turísticos y otros actores que trabajan en terreno para anticipar posibles focos de invasión y tomar decisiones informadas”, explicó Fuentes.
“Proteger la biodiversidad antártica no significa solamente conservar un lugar remoto. También implica resguardar organismos y procesos ecológicos únicos que podrían aportar conocimientos valiosos para el futuro en ámbitos como la biotecnología, la agricultura o la medicina”, concluyó el investigador.



