Señor Director:
Hay frases que sobreviven porque describen una necesidad permanente. “Gobernar es educar”, dijo Pedro Aguirre Cerda. Casi un siglo después, la política parece haber cambiado el aula por el estudio de televisión y el servicio público por la competencia de quién consigue más aplausos o más “likes”.
Mi convicción es simple: un país no progresa cuando sus líderes buscan ser tendencia, sino cuando crean oportunidades para que las personas puedan construir su propio futuro.
La educación, la cultura y el pensamiento crítico no son gastos; son la mejor inversión para reducir la delincuencia, fortalecer la democracia y recuperar la confianza entre los ciudadanos.
Las sociedades con mayor bienestar suelen compartir un rasgo: invierten en conocimiento, instituciones sólidas y movilidad social.
En cambio, cuando el éxito se mide por la popularidad instantánea o por la acumulación de riqueza que no alcanzaría a gastarse ni en veinte vidas, el bien común queda relegado.
Chile necesita volver a creer en líderes que inspiren más que dividan; que formen más que confronten; que entiendan que gobernar es sembrar, aunque la cosecha la recojan otros. Porque el verdadero legado de un gobernante no está en su patrimonio ni en su fama, sino en la calidad de vida que deja a su pueblo.
Ricardo Rodríguez Rivas



