Señor Director:
Con la llegada de los días más fríos a Chillán y Chillán Viejo, vuelve también una costumbre profundamente arraigada: refugiarse en el calor de la leña. Sin embargo, ese bienestar para algunos se transforma en sufrimiento para otros. Desde mi departamento, ubicado cerca de la Plaza Mayor de Chillán Viejo, cada noche debo enfrentar el humo espeso que invade mi hogar producto de la quema de leña húmeda. El resultado suele ser dolor de cabeza, malestar y una sensación constante de ahogo.
El problema va mucho más allá de una incomodidad personal. Como profesor del Liceo Polivalente Juan Arturo Pacheco Altamirano, veo cada noche a estudiantes jóvenes y adultos esforzarse por salir adelante. Muchos llegan cansados después del trabajo y, aun así, deben caminar respirando un aire contaminado que afecta su salud y calidad de vida.
Resulta doloroso preguntarse en qué momento normalizamos dañar al vecino para calefaccionarnos. El calor de un hogar no puede construirse a costa del bienestar ajeno. Por eso, urge mayor conciencia ciudadana respecto al uso de leña seca y también una fiscalización ambiental real y cercana. Respirar aire limpio no debería ser un privilegio, sino un derecho básico para todos.
Boris Roberto Cabezas Concha
Profesor de Estado en Castellano




