Señor Director:
Por estos días, las calles y las casas comienzan a llenarse de fantasmas, esqueletos y pequeños monstruos que salen a pedir dulces. Niños, niñas y adolescentes preparan sus disfraces y encuentran una ocasión para jugar, compartir con sus amigos y disfrutar del misterio. Mientras los acompañamos, también podemos prestar atención a las preguntas que aparecen entre tanta imaginación.
Resulta curioso que podamos decorar nuestras casas con figuras de la muerte y, al mismo tiempo, nos cueste tanto conversar sobre ella cuando un niño pregunta por alguien que ya no está. Quizás porque, frente a esas preguntas, también nos encontramos con nuestras propias penas y con respuestas que no siempre tenemos. La cercanía entre Halloween y el Día de Todos los Santos puede ofrecernos una oportunidad para escuchar.
No hace falta transformar una noche de dulces en una lección sobre el duelo. Basta con estar disponibles si un disfraz, una imagen o un recuerdo despierta curiosidad, miedo o añoranza. También es una oportunidad para cuidar cómo acompañamos sus temores. Si un niño no quiere acercarse a una casa decorada o usar una máscara, podemos respetarlo sin burlas ni exigencias de valentía. Con los adolescentes, podemos interesarnos por sus formas de celebrar y compartir, sin asumir que ya son demasiado grandes para necesitar nuestra cercanía.
Entre disfraces y recuerdos, estas fechas nos invitan a algo sencillo: dejar que disfruten y ofrecerles la confianza para decir lo que sienten. Que sepan que pueden venir a nosotros tanto para mostrarnos sus alas de murciélago como para preguntarnos por qué alguien querido ya no volverá.
Pablo Vergara Barra
Investigador IBEM UDD



