La primera Emergencia Ambiental del periodo de Gestión de Episodios Críticos 2026 en Chillán y Chillán Viejo constituye una señal de atención. Las tres alertas, una preemergencia y ahora una emergencia registradas solo en mayo recuerdan que, aunque la calidad del aire ha mejorado de manera importante durante la última década, el problema de la contaminación atmosférica sigue plenamente vigente y continúa representando una amenaza directa para la salud de miles de personas.
Es cierto que la intercomuna ha logrado avances relevantes. El actual Plan de Prevención y Descontaminación Atmosférica (PPDA), vigente desde 2016, permitió reducir de manera significativa las concentraciones de material particulado fino MP2,5. Las cifras oficiales muestran que durante el periodo crítico la concentración promedio bajó desde niveles superiores a 62 µg/m³ en 2016 a cerca de 40 µg/m³ en 2025. Del mismo modo, los episodios críticos disminuyeron casi un 50% respecto al inicio del plan, alcanzando los registros más bajos en los últimos años.
Ese progreso no es casual. Detrás de él existe una política pública sostenida que ha involucrado fiscalización, educación, recambio de calefactores, subsidios térmicos, modernización del transporte público y control de emisiones industriales. También existe un cambio cultural gradual en parte importante de la ciudadanía, que ha comenzado a comprender que el humo visible no es solamente una molestia, sino un factor de riesgo sanitario.
Sin embargo, lo ocurrido esta semana demuestra que el avance alcanzado no puede interpretarse como una victoria definitiva. Las condiciones meteorológicas adversas, combinadas con el uso intensivo de leña húmeda o calefacción ineficiente, siguen siendo capaces de llevar rápidamente a la intercomuna a niveles críticos de contaminación. Y ello afecta especialmente a niños, adultos mayores y personas con enfermedades respiratorias y cardiovasculares.
La contaminación del aire continúa siendo uno de los principales problemas estructurales de Chillán y Chillán Viejo. Por eso resulta indispensable reforzar y acelerar las políticas que han demostrado resultados positivos. El programa de recambio de calefactores, por ejemplo, ha permitido sustituir cerca de 11 mil equipos contaminantes, pero aún está lejos de la meta original de 20 mil recambios comprometidos. La lentitud del proceso, agravada por restricciones presupuestarias, dificultades logísticas y el aumento del costo de la energía, obliga a buscar nuevas fórmulas de financiamiento y subsidio que permitan ampliar su cobertura.
Al mismo tiempo, se requiere insistir con fuerza en la necesidad de utilizar combustibles menos contaminantes y leña verdaderamente seca. Persistir en prácticas ineficientes no solo deteriora el medio ambiente urbano, sino que también prolonga un problema sanitario que cada invierno vuelve a tensionar a las autoridades y a los servicios de salud.
La emergencia ambiental decretada debe entenderse como una advertencia. Chillán ha avanzado, pero todavía no puede bajar la guardia. El desafío ahora no es solo mantener los logros obtenidos, sino profundizarlos con mayor decisión, entendiendo que el derecho a respirar un aire limpio sigue siendo una deuda pendiente para miles de familias de la intercomuna.

