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Educación pública

Mauricio Ulloa

Durante demasiado tiempo, en Chile se instaló la idea de que la educación pública estaba condenada a sobrevivir entre carencias, resignación y bajos resultados. Sin embargo, desde Ñuble emergen señales poderosas que contradicen ese diagnóstico y demuestran que, cuando existe visión, compromiso y confianza en las capacidades de los estudiantes, la educación pública puede alcanzar estándares de excelencia mundial.

Esta semana, el reconocimiento obtenido por el Liceo Bicentenario de Excelencia Polivalente San Nicolás, seleccionado entre las 50 mejores escuelas del mundo en el Global Schools Prize 2026, volvió a poner a la región en el mapa internacional. El establecimiento fue destacado en la categoría STEM Education, que premia proyectos vinculados a ciencia, tecnología e innovación, tras competir con cerca de 3 mil postulaciones provenientes de 113 países.

No se trata de un hecho aislado ni de un golpe de suerte. El liceo de San Nicolás lleva años construyendo un modelo educativo innovador, inclusivo y exigente, capaz de combinar excelencia académica con integración social. Lo más valioso es que este logro surge desde la educación pública rural, con estudiantes provenientes en su mayoría de contextos vulnerables. Allí radica la verdadera dimensión del reconocimiento: demostrar que el origen no determina el destino cuando existen comunidades educativas comprometidas y liderazgos capaces de transformar realidades.

A ello se suma el notable caso de los estudiantes sancarlinos que representarán a Sudamérica en un mundial de electrónica en Europa, gracias a un proyecto tecnológico basado en la extracción de agua utilizando un celular reciclado y energía solar. El mérito trasciende lo académico: habla de jóvenes que no solo aprenden contenidos, sino que aplican creatividad, conciencia medioambiental y pensamiento científico para enfrentar problemas concretos del mundo actual. Desde una comuna de Ñuble, estudiantes de liceos públicos dialogan hoy con la innovación global y compiten de igual a igual con delegaciones de países desarrollados.

Estos ejemplos obligan también a replantear el debate educacional. Muchas veces la discusión pública se concentra exclusivamente en déficits, crisis de convivencia o bajos indicadores. Si bien esos problemas existen y requieren atención urgente, sería un error ignorar las experiencias exitosas que están demostrando caminos posibles. Ñuble hoy ofrece evidencia concreta de que la educación pública puede ser motor de movilidad social, innovación y desarrollo territorial.

Detrás de cada reconocimiento internacional hay docentes comprometidos, familias involucradas, asistentes de la educación que sostienen silenciosamente el funcionamiento de las escuelas y estudiantes que han entendido que el conocimiento puede abrir puertas insospechadas. También hay comunidades que decidieron creer en la educación como herramienta de transformación y no como simple administración de carencias.

La región debe sentirse orgullosa de estos logros, pero también asumir el desafío de protegerlos y multiplicarlos. Chile necesita mirar con más atención lo que ocurre en San Nicolás, San Carlos y otros territorios donde la educación pública está demostrando que la excelencia no pertenece exclusivamente a los grandes centros urbanos ni a los establecimientos privados.

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