Durante siglos hemos confiado en una idea simple: alguien aprende, una institución enseña, evalúa y certifica que esa persona ha adquirido ciertos saberes. Así funcionan escuelas, liceos, institutos y universidades. Un certificado no es solo un papel: es una declaración de confianza. Cuando una universidad entrega un título, le dice a la sociedad que esa persona posee los conocimientos, habilidades y competencias para ejercer una profesión.
Pero ¿tenemos que seguir confiando realmente en esa declaración?
Como humanos hemos desarrollado un mecanismo notable: transmitir lo aprendido a las nuevas generaciones, que reciben el conocimiento acumulado y agregan algo nuevo. Sin embargo, pocas veces nos preguntamos qué debemos aprender. La respuesta nunca ha sido categórica. Nuestros antepasados necesitaban cazar, pescar o reconocer plantas para sobrevivir; hoy necesitamos manejar tecnologías, interpretar información y tomar decisiones en un mundo acelerado. Por eso cada sociedad define qué conocimientos considera indispensables y construye sistemas para certificar que fueron logrados.
Sin embargo, cada vez oímos con más frecuencia que quienes terminan la enseñanza básica no están preparados para la media; que los egresados de media necesitan preuniversitarios para entrar a la educación superior; y que las propias universidades deben hacer cursos de nivelación para suplir conocimientos que, en teoría, ya deberían estar adquiridos. Así, la metodología de certificación parece no estar funcionando.
Algo similar ocurre en el mundo laboral: empresas contratan egresados en período de prueba antes de decidir si los contratarán. En educación es aún más llamativo: profesores en ejercicio son evaluados para determinar si poseen las competencias que su título supuestamente acredita.
Entonces, si alguien obtiene un título, pero luego debe demostrar que posee esas mismas competencias, ¿qué valor tiene esa certificación?
No se trata de cuestionar a estudiantes, profesores o instituciones en particular. El problema es más profundo: vivimos una época en que la confianza está siendo sometida a una prueba permanente.
Por otra parte, la inteligencia artificial agrega una nueva dificultad. Hoy es fácil obtener una respuesta convincente sin haber aprendido nada: en segundos, la IA resuelve una prueba o responde cualquier pregunta con una seguridad que no distingue entre el que sabe y el que no.
Además, también circula información falsa e imágenes o textos generados artificialmente igual de convincentes. Si una respuesta bien elaborada ya no refleja conocimiento real, ¿qué es lo que estamos certificando hoy?
El gran desafío de la educación no será solo transmitir más contenidos, sino enseñar a leer conscientemente, pensar con lógica, cuestionar, verificar, contrastar fuentes y actuar con ética por el bien común. Debemos lograr que la certificación represente realmente lo que declara.
En definitiva, tener un título ya no garantiza que dominamos un saber. La pregunta es: ¿cómo un ser humano puede demostrar que realmente es competente en una cierta área? Eso es lo que tiene que responder el modelo educativo, sin dejar ninguna duda sobre la calidad de la persona egresada. Y esa respuesta se construye entre todos y todas, dispuestos a recorrer el camino con rigor y ética, cuestionándolo y mejorándolo a medida que avanzamos juntos. Solo así fortaleceremos la confianza hacia nuestras instituciones educacionales.




