La historia reciente de Chillán Viejo en materia ambiental parece avanzar en una sola dirección: la acumulación. A los impactos ya conocidos de rellenos sanitarios, planteles porcinos, plantas de tratamiento de aguas servidas y episodios reiterados de malos olores, se suma ahora el ingreso de un nuevo proyecto de disposición de residuos, reabriendo una discusión que, lejos de cerrarse, se profundiza.
El reciente reingreso al Servicio de Evaluación Ambiental del proyecto de relleno sanitario impulsado por la empresa Inser, en el sector Quilmo, es el séptimo intento de la iniciativa, emplazada en un área donde ya operó un vertedero y donde hoy funciona el relleno sanitario de Ecobio, que recibe residuos de Ñuble y de otras regiones. La sola proximidad entre estos proyectos refuerza una preocupación evidente: la concentración de actividades potencialmente contaminantes en un mismo territorio.
Las reacciones han sido transversales. Dirigentes sociales, vecinos y autoridades locales han advertido que la comuna ha sido “suficientemente castigada” durante décadas por la instalación de este tipo de industrias . No es solo una percepción: es la constatación de un patrón que se repite, donde el desarrollo de infraestructuras necesarias para el funcionamiento de las ciudades termina recayendo, de manera desproporcionada, sobre un mismo espacio.
A ello se suma un antecedente reciente que agrava aún más el escenario. El relleno sanitario actualmente en operación en Chillán Viejo fue identificado por un informe internacional como uno de los mayores emisores de metano del planeta, liberando más de 20 mil toneladas anuales de este gas . Este dato no solo instala a la comuna en el mapa global de la crisis climática, sino que también refuerza la idea de un territorio sometido a una presión ambiental constante.
El problema no se limita a los residuos domiciliarios. En la zona conviven además planteles porcinos y otras instalaciones industriales que han sido objeto de fiscalizaciones y denuncias por malos olores, configurando un escenario de impactos acumulativos que afectan directamente la calidad de vida de los habitantes. La suma de estas actividades —más que cada una por separado— es lo que termina configurando una realidad difícil de sostener.
En este contexto, hablar de “zona de sacrificio” deja de ser una consigna y se transforma en una descripción cada vez más precisa. La propia autoridad comunal ha advertido que Chillán Viejo está siendo sometido a una carga ambiental que no guarda relación con su tamaño ni con los beneficios que obtiene a cambio.
El punto de fondo es claro: no se trata de negar la necesidad de gestionar residuos ni de frenar el desarrollo de actividades productivas. Se trata de distribuir de manera justa las cargas ambientales, de planificar con criterios territoriales y de evitar que ciertas comunas se transformen en receptores permanentes de externalidades negativas.
La reiteración de proyectos similares en un mismo sector, pese a rechazos anteriores y a una oposición sostenida de la comunidad, debiera ser una señal de alerta para las autoridades. Persistir en esa lógica no solo tensiona la relación con el territorio, sino que también erosiona la confianza en los procesos de evaluación ambiental.



