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Baches en las calles

Municipio de Chillán

Las últimas lluvias volvieron a dejar una evidencia que ya no puede ser considerada excepcional: las calles de Chillán están llegando al límite de su capacidad. Baches, hundimientos y pavimentos deteriorados no son únicamente consecuencia de un invierno particularmente lluvioso. Son la expresión visible de un problema mucho más profundo, construido durante décadas y que hoy exige algo más que reparaciones de emergencia.

La historia de la pavimentación chillaneja ayuda a entenderlo. La ciudad fue reconstruida después de grandes terremotos y creció sobre soluciones que muchas veces fueron concebidas como transitorias. Adoquines y piedras quedaron bajo capas de asfalto, mientras la expansión urbana multiplicaba las calles que requerían infraestructura. El problema es que aquella ciudad de pocas viviendas fuera de las cuatro avenidas y escasos automóviles ya no existe.

Hoy Chillán tiene una escala completamente distinta. El parque vehicular aumentó, el territorio urbano se extendió y las exigencias sobre las calles son mucho mayores. Sin embargo, buena parte de la infraestructura sigue arrastrando decisiones tomadas para una ciudad que dejó de existir hace décadas.

A ello se suma una dificultad institucional que resulta difícil de justificar. Las calles corresponden al Serviu, mientras el municipio enfrenta restricciones para intervenirlas directamente. Así, ante el deterioro, la respuesta termina siendo muchas veces el bacheo. Se repara el síntoma, pero no necesariamente la enfermedad. Y mientras tanto, los recursos se consumen una y otra vez en soluciones que tienen una duración limitada.

El problema tampoco es exclusivamente vial. Las lluvias y las condiciones hídricas de Chillán han demostrado que pavimentación, aguas lluvias y alcantarillado forman parte de un mismo sistema. Si una de esas piezas falla, las demás terminan pagando las consecuencias. El Plan Maestro de Aguas Lluvias representa un avance importante, pero no puede convertirse en una excusa para postergar el resto de las obras necesarias.

La ciudad requiere una mirada de largo plazo. No basta con determinar dónde apareció el próximo bache; hay que identificar qué calles necesitan ser reconstruidas completamente, qué redes subterráneas deben renovarse y qué soluciones son capaces de soportar el Chillán que tendremos en las próximas décadas.

También corresponde revisar la distribución de responsabilidades y financiamiento entre municipio, Serviu y Gobierno Regional. Resulta poco razonable que una ciudad que aspira a consolidarse como capital regional deba enfrentar problemas estructurales con herramientas pensadas para contingencias menores.

Los adoquines que vuelven a aparecer después de cada lluvia son, en cierto modo, un mensaje. Debajo del asfalto permanece una ciudad antigua, con problemas que fueron cubiertos pero no siempre resueltos. Chillán ya no necesita seguir enterrándolos. Necesita asumir que su infraestructura requiere una renovación acorde con la ciudad en que se ha convertido.

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