Las cifras del Censo 2024 han vuelto a encender una alarma que, aunque conocida, no por ello deja de ser menos inquietante: en Ñuble, 19.184 personas mayores de siete años no saben leer ni escribir. El dato, que equivale al 3,7% de la población regional, sitúa a Ñuble —junto al Maule— en el primer lugar nacional de analfabetismo. Más allá de la frialdad de los números, lo que está en juego es una deuda estructural con miles de personas que han quedado al margen de una herramienta esencial para la vida en sociedad.
El fenómeno no puede entenderse de manera aislada. Ñuble es, según diversas proyecciones, una de las regiones más rurales y envejecidas del país, una combinación que explica buena parte de estas cifras. La dispersión geográfica, las dificultades de acceso a servicios educativos y las trayectorias de vida marcadas por la precariedad han configurado un escenario donde la alfabetización no siempre fue una prioridad o una posibilidad real. A ello se suma el peso de una población adulta mayor significativa, que en muchos casos creció en contextos donde la escolarización era limitada o derechamente inexistente.
El problema no se agota en quienes no saben leer ni escribir. Existe también un analfabetismo funcional que se expresa en las nuevas generaciones. Los resultados del Simce 2025 evidencian que un número importante de estudiantes presenta niveles insuficientes de comprensión lectora, lo que revela una brecha más profunda: no basta con decodificar palabras, es necesario comprender, interpretar y utilizar la lectura como herramienta de desarrollo personal y social.
Tal como advierten especialistas, el desafío es multifactorial. La vulnerabilidad socioeconómica, la ruralidad y las debilidades en los procesos de enseñanza configuran un entramado complejo que requiere respuestas igualmente integrales. En ese sentido, resulta fundamental actuar con decisión en la primera infancia, asegurando que niños y niñas consoliden la lectura y escritura en etapas tempranas, particularmente al finalizar el segundo año básico, un punto crítico en el desarrollo educativo.
Sin embargo, no se puede olvidar a quienes ya quedaron rezagados. La alfabetización de adultos debe dejar de ser un esfuerzo marginal para transformarse en una política prioritaria. Programas como “Contigo Aprendo” requieren fortalecimiento, cobertura y continuidad, especialmente en territorios rurales donde la exclusión educativa ha sido histórica. La alfabetización, en estos casos, no solo abre puertas laborales, sino que también devuelve dignidad, autonomía y participación.
La formación docente cumple un rol clave. Es indispensable que los futuros profesores cuenten con herramientas didácticas sólidas para enseñar lectura y escritura, especialmente en contextos diversos y con estudiantes que presentan brechas de origen.
La realidad de Ñuble exige una mirada de largo plazo. Combatir el analfabetismo no es solo una tarea del sistema educativo, sino un compromiso social más amplio que involucra al Estado, las comunidades y las instituciones. Reducir estas cifras no será inmediato, pero sí es posible si se asume con la urgencia y seriedad que merece.




