Antes de los recientes sistemas frontales, el balance sobre la respuesta de la infraestructura de aguas lluvias en Chillán era, en términos generales, alentador. El Plan Maestro de Aguas Lluvias demostró nuevamente su utilidad al conducir caudales extraordinarios, reduciendo anegamientos en numerosos sectores que décadas atrás sufrían inundaciones recurrentes. La limpieza preventiva de compuertas, la mantención de sumideros y canales y la coordinación entre los organismos públicos permitieron enfrentar un volumen de precipitaciones que superó ampliamente el promedio habitual.
Sin embargo, las mismas lluvias que confirmaron la eficacia de esa infraestructura dejaron al descubierto una vulnerabilidad distinta, pero igualmente urgente: el colapso del sistema de alcantarillado sanitario en diversos puntos de la ciudad. El rebalse de cámaras y colectores en sectores como Villa Emmanuel, avenida Vicente Méndez y avenida Paul Harris no solo generó molestias para peatones y automovilistas, sino que expuso a numerosas familias a una situación sanitaria inaceptable, con aguas servidas ingresando a calles e incluso a viviendas.
La diferencia entre ambos problemas es fundamental. Mientras el Plan Maestro de Aguas Lluvias fue diseñado precisamente para conducir las aguas provenientes de las precipitaciones, el alcantarillado sanitario está destinado exclusivamente al transporte de aguas residuales domiciliarias. Cuando ambos sistemas terminan mezclándose, ya sea por infiltraciones, conexiones indebidas, ingreso de aguas desde canales o incluso por la apertura irresponsable de tapas de alcantarillado para facilitar el escurrimiento superficial, la capacidad de los colectores se sobrepasa rápidamente y las consecuencias son conocidas: rebalses, malos olores, contaminación y riesgos para la salud pública.
La explicación técnica entregada por la empresa sanitaria es atendible, pero no basta para quienes año tras año conviven con este problema. Cuando una situación se repite todos los inviernos deja de ser una emergencia excepcional y pasa a convertirse en una deficiencia estructural que requiere soluciones permanentes. Los testimonios de vecinos que relatan pérdidas materiales, daños en sus viviendas y exposición a aguas contaminadas evidencian que no se trata simplemente de una incomodidad temporal.
Este escenario obliga a mirar la gestión urbana desde una perspectiva más integral. La inversión en colectores de aguas lluvias ha demostrado ser una política pública acertada y debe completarse cuanto antes. Pero paralelamente resulta indispensable revisar el estado del alcantarillado sanitario, identificar los puntos donde existen infiltraciones de aguas lluvias, modernizar colectores cuya capacidad ya no responde al crecimiento urbano y fortalecer los programas de inspección y mantención preventiva.
También corresponde reforzar la fiscalización sobre conexiones irregulares entre ambos sistemas, muchas veces invisibles hasta que ocurre un temporal de gran magnitud. Del mismo modo, la educación ciudadana sigue siendo clave para evitar prácticas que, aunque parezcan soluciones momentáneas, agravan considerablemente el problema, como destapar cámaras de alcantarillado para evacuar aguas lluvias o arrojar residuos que obstruyen los sistemas de drenaje.
Las ciudades resilientes no se construyen únicamente reaccionando frente a las emergencias, sino aprendiendo de ellas. Chillán ha dado pasos importantes con el Plan Maestro de Aguas Lluvias, una inversión que ha demostrado su eficacia y cuyos beneficios hoy son evidentes. Pero precisamente porque el cambio climático anticipa eventos de lluvia cada vez más intensos y concentrados, la experiencia de estos temporales debe transformarse en una oportunidad para abordar el siguiente desafío pendiente.



