Los resultados PISA deberían incomodarnos. No para declarar en ruinas toda la educación chilena, pero tampoco para relativizar señales demasiado evidentes.
Chile se encuentra bajo el promedio de la OCDE en matemática, lectura y ciencias. En matemática, solo el 41% alcanza el nivel mínimo, frente al 65% de la OCDE; en lectura, el 62% y en ciencias un estancamiento preocupante. Más inquietante aún, respecto de 2015, aumentó en 10 puntos porcentuales la proporción de estudiantes bajo el nivel mínimo en matemática y lectura.
El informe entrega, sin embargo, una señal que no podemos pasar por alto: el 75% de los 6.600 estudiantes evaluados en Chile, declara sentir curiosidad por muchas cosas y el 73% afirma realizar un esfuerzo adicional cuando el trabajo se vuelve difícil, muy por sobre el 60% del promedio OCDE. Entonces cabe una pregunta incómoda, si nuestros estudiantes tienen curiosidad y disposición a esforzarse, ¿por qué eso no se traduce en mejores aprendizajes? Quienes vivimos la escuela sabemos que la respuesta no es sencilla.
La disposición a aprender no siempre se convierte en hábitos; la curiosidad no necesariamente se transforma en conocimiento; y estar dispuesto a esforzarse no significa perseverar frente a la frustración.
La OCDE nos entrega otra pista: en Chile, los estudiantes con mentalidad de crecimiento obtienen, en promedio, 40 puntos más que quienes tienen una mentalidad fija, esto significa que las expectativas importan; el esfuerzo importa y sobreponerse al error importa. Entonces preguntémonos: ¿estamos realmente enseñando a enfrentar la dificultad o será que hacemos demasiado por evitarla?
PISA 2025 nos muestra otro dato interesante: solo el 63% de los jóvenes comentó que sus padres les preguntaban al menos una vez por semana qué habían hecho en la escuela y el 44% dijo conversar con ellos sobre problemas escolares.
No se trata de buscar culpables; sino de reconocer una realidad, ninguna escuela o colegio, por bueno que sea, puede educar solo. Necesitamos familias presentes y comprometidas, alineadas con las altas expectativas, incluso cuando elevarlas resulte incómodo.
Tampoco los docentes podemos esquivar nuestra responsabilidad, ya que el 86% de los niños señala que sus profesores se interesan por el aprendizaje de cada uno -una señal valiosa-, pero el 43% sostiene que el ruido y el desorden interrumpen la mayoría o todas las clases. Lo que nos lleva a pensar en una condición elemental en la educación: “no existe aprendizaje profundo donde no existen condiciones mínimas para enseñar y aprender”.
Creo, necesitamos fortalecer el dominio de grupo, las estrategias pedagógicas, la autoridad docente y el compromiso familiar, entre otros. Enseñar también implica -aunque a algunos no les guste escucharlo- conducir, cuestionarnos, exigir y poner límites.
PISA no debe ser una sentencia ni una búsqueda de culpables, sino una radiografía que nos obligue a mirar aquello que debe cambiar. La pregunta decisiva no es cuánto saben hoy nuestros estudiantes, sino cuánto estamos dispuestos a hacer para que mañana sepan más. Si nuestros jóvenes conservan la curiosidad y la voluntad de esforzarse, tenemos el deber de llevarlos más lejos.
Porque un país que espera más de sus estudiantes también debe estar dispuesto a dar más por ellos.
Miguel Ángel San Martín Arriagada
Rector Colegio Concepción



