Señor Director:
El desalojo de Maricarmen Abascal, de 87 años, de la que fuera su vivienda en Madrid durante siete décadas, estremeció por su crudeza. Pero también dejó una lección: su situación no es solo responsabilidad de unos pocos. Vecinos y organizaciones decidieron salir de la indignación y actuar. Reaccionaron, se organizaron y consiguieron que pudiera regresar a su casa.
En el Día Internacional de las Personas Mayores, su historia debiera interpelarnos. En Chile, son demasiadas las personas que envejecen solas, pierden sus redes y terminan aisladas o institucionalizadas, como si ese fuera el único camino hacia la vejez. Para cambiar ese destino, la entrega de beneficios no basta. Necesitamos invertir en cohesión social y construir comunidades donde nadie envejezca sin vínculos significativos.
Esto exige dejar de mirar a las personas mayores únicamente como receptoras de apoyo y reconocer su aporte en conocimientos, oficios/cultura, memoria histórica y experiencia que desaprovechamos cuando dejamos de considerarlas “productivas”. Debemos propiciar instancias de convivencia intergeneracional donde esos saberes circulen; donde puedan enseñar, participar y cuidar de otros mientras así lo decidan y sus capacidades lo permitan; y donde las nuevas generaciones se beneficien también de su compañía. El cuidado puede darse en ambas direcciones.
Maricarmen volvió a su hogar porque una comunidad decidió que su suerte no era un asunto entre privados. Su caso, que traspasó fronteras, nos debiera movilizar también en Chile para revertir el curso que destina a tantas personas mayores al aislamiento. Envejecer con dignidad no depende solo de políticas públicas: requiere una sociedad deferente y disponible para reconocer, no abandonar, acompañar y permanecer.
Alejandra Ríos Urzúa
Dir.a Obs.,para la Inclusión UNAB



