El leve aumento de la energía interna registrado durante las últimas horas en el Complejo Volcánico Nevados de Chillán vuelve a poner la mirada sobre un fenómeno que forma parte de la realidad de Ñuble desde hace más de una década. Desde 2015, el macizo mantiene una actividad volcánica que ha obligado a las autoridades, a las comunidades y a quienes viven y trabajan en sus alrededores a aprender a convivir con un volcán activo.
Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre convivir con un volcán activo y hacerlo a ciegas. Y allí radica la importancia del trabajo permanente que desarrolla el Servicio Nacional de Geología y Minería (Sernageomin), a través del Observatorio Volcanológico de los Andes del Sur (Ovdas).
Los últimos registros son una buena demostración de ello. Durante la mañana de este miércoles se detectó un sismo de largo periodo, asociado al movimiento de fluidos al interior del sistema, con un desplazamiento reducido de 294 cm². Posteriormente continuó una sismicidad de menor energía y, durante la noche anterior, se había registrado otro evento vinculado a la dinámica interna del volcán. A ello se suman episodios de tremor y la identificación de depósitos de material piroclástico en la zona proximal.
Estos antecedentes no significan, por sí mismos, que la población deba entrar en alarma. De hecho, Sernageomin mantiene la alerta técnica Amarilla, escenario en el cual pueden producirse incrementos de actividad interna y superficial. El organismo ha sido claro, además, en señalar que el área de un kilómetro alrededor del cráter activo constituye una zona de alto peligro, mientras el resto de las zonas cercanas permanece habilitado.
La tranquilidad con que los ñublensinos han podido desarrollar su vida durante estos años no es producto de que el volcán haya dejado de ser una amenaza. Es, en buena medida, consecuencia de que existe un sistema de vigilancia que permite saber qué está ocurriendo bajo nuestros pies y, especialmente, detectar cambios que pueden anticipar una modificación del comportamiento del macizo.
Ese monitoreo constante tiene un valor que va mucho más allá de la información científica. Permite tomar decisiones oportunas, actualizar las alertas, establecer restricciones cuando corresponde y entregar a la ciudadanía antecedentes objetivos para actuar sin improvisaciones. En materia volcánica, disponer de información permanente es una herramienta esencial para reducir el riesgo.
También es importante que esa vigilancia sea acompañada por una ciudadanía responsable. La existencia de una alerta Amarilla no debe interpretarse ni como una invitación al temor ni como una autorización para acercarse imprudentemente al cráter. Significa que existe actividad y que esta debe ser observada y evaluada. De allí la importancia de respetar las zonas de peligro y mantenerse informado a través de los canales oficiales de Sernageomin y Senapred.
Ñuble ha aprendido, durante estos años, que el Nevados de Chillán no es solamente un paisaje majestuoso que acompaña la cordillera. Es también un sistema geológico vivo, cuya actividad puede cambiar y que exige atención permanente.
La lección más importante de esta convivencia es precisamente esa: no debemos acostumbrarnos al volcán hasta olvidar su condición de riesgo, pero tampoco convertir cada episodio de actividad en una causa de alarma. Entre ambos extremos existe un camino mucho más sensato: conocimiento, monitoreo, prevención y responsabilidad.



