Señor Director:
En Codelco, 27 mil toneladas sin estándares mínimos se convirtieron en cifras de producción, y esas cifras en 13 mil millones de pesos repartidos entre 6.322 personas que cobraron bonos que no les correspondían. El relato ya es conocido. Lo que interesa no es quién dio la orden, sino qué significa, moralmente obedecer una instrucción que uno sabe cuestionable y reclamar inocencia cuando estalla.
Márquez no niega los hechos. Dice que actuó “informado a todos los niveles”, bajo la consigna repetida de que la producción debía superar la de 2024, dando lo mismo si se ganaba o perdía plata. Eso es insuficiente como defensa moral. La ética le exige que, sabiendo que la orden a ejecutar era errónea, debió haber plantado la negativa. Arendt lo llamó banalidad del mal. No es quien decide destruir, sino aquel funcionario que administra la destrucción sin cuestionarla, escudado en una supuesta cadena de mando.
Nadie decide solo, nadie se opone, y cuando el sistema colapsa cada eslabón se declara víctima del anterior. Ahora César Márquez exige $1.440 millones por un despido que, según su versión de los hechos, fue consecuencia directa de algo que él mismo ayudó a ejecutar sabiendo que no cumplía los estándares.
La pregunta moral no es si hubo presión (la hubo), sino si la presión anula su responsabilidad. Si es sí, entonces nadie, en ninguna organización, es nunca responsable de nada. Siempre habrá un jefe más arriba. Ese es exactamente el mecanismo que permite que 13 mil millones se paguen mal, se pierdan, y termine reclamándolos quien los administró.
Freddy Blanc Sperberg




