El pasado 31 de julio, en el marco del Día Internacional del Guardaparque y de la conmemoración del Centenario de los Parques Nacionales de Chile, cinco guardaparques de Ñuble fueron distinguidos por su destacada trayectoria y compromiso con la conservación del patrimonio natural de la región.
Dos de ellos, son los guardaparques más antiguos, que han sido protagonistas de décadas de monitoreo y conocimiento en terreno, siguiendo rastros, registrando avistamientos y contribuyendo a identificar los movimientos del huemul, cuya especie en peligro crítico de extinción. Sus historias reflejan la vocación, sacrificios y compromiso de quienes dedican su vida a proteger las áreas silvestres de Ñuble.
48 años siguiendo huellas
A sus 69 años, José Eladio Ramírez Navarrete puede decir que conoce la Reserva Nacional Ñuble como pocos. Durante 48 años ha recorrido sus senderos y sectores cordilleranos, siguiendo las huellas de una de las especies más emblemáticas y amenazadas de Chile: el huemul.
Su historia comenzó en 1978, cuando tenía 21 años y llegó a la reserva para desempeñarse como guardafauna, como se le denominó a los funcionarios en un principio. En aquellos años, poco se sabía sobre el comportamiento y distribución del huemul. La misión inicial era clara: buscarlo, monitorearlo y aprender a reconocer sus rastros y movimientos.
“Llevo 48 años como guardaparque. Cuando tuve la primera entrevista se nos dio a conocer el tema del huemul, que nos dedicaríamos a buscarlo, y esto fue en el año 1978”, recuerda.
Sus primeros años estuvieron marcados por largas jornadas en terreno, debido a que su principal tarea estaba enfocada en el monitoreo de la especie. “Mi mayor desafío fue poder ver un huemul y conocer qué buscábamos”, dice.
Con el paso del tiempo, Ramírez fue acumulando experiencia y conocimiento de la reserva. Durante dos décadas se desempeñó como jefe de guardaparques y desde hace cinco años ocupa el cargo de administrador de la Reserva Nacional Ñuble.
Su trayectoria lo ha convertido en uno de los funcionarios que mejor conoce la geografía, historia y fauna de este territorio. Han sido miles de kilómetros recorridos los que han marcado su vida laboral.
Considera que los guardaparques cumplen un papel esencial en la conservación del huemul, particularmente en Ñuble. “Los guardaparques son fundamentales en la conservación de distintas especies y ecosistemas y, en Ñuble, en el tema del huemul son los que más saben de la especie. Saben sus movimientos durante el verano e invierno (…) Mi trabajo con huemules es lo que con mayor dedicación realicé”, expresa.
Su primer encuentro con uno de estos animales ocurrió en el sector Los Cipreses, específicamente en el cerro Los Capados. Era una hembra.
“Fue una linda experiencia”, recuerda, con la sencillez de quien ha vivido muchos encuentros similares, pero que todavía conserva la emoción de aquel primer avistamiento.
Ramírez ha sido testigo de una profunda transformación de la Reserva Nacional Ñuble, cuando comenzó a trabajar, el territorio era conocido principalmente como una zona de veranadas. Hoy, casi medio siglo después, asegura que el cambio es evidente.
“Cuando empezamos a trabajar la reserva era conocida como veranada, por lo tanto, cuando llegamos eran terrenos para talaje (pastoreo de animales), se podía ver en las veranadas todo muy bajo por el ramoneo de los animales. Ahora hay un cambio tremendo en la vegetación y la fauna: Los huemules volvieron a sectores dentro de la reserva que en los años de su creación no ocupaban. Para mí significa mucho haber podido contribuir a la recuperación de la flora y la fauna de la reserva”, relata.
Pese a su extensa trayectoria, hay algo que hoy le preocupa especialmente: la falta de guardaparques. “En nuestra unidad me preocupa la falta de guardaparque, ya que a final del mes se acogen a retiro dos guardias y se queda un guardaparque permanente”, lamenta.
La situación genera inquietud porque la protección de un territorio tan extenso, de 75 mil hectáreas, requiere presencia permanente, patrullajes, monitoreo y atención a los visitantes.
A su juicio, los visitantes están hoy más informados y existe un mayor respeto por las normas de las áreas protegidas. “Yo creo que los visitantes hoy están muy informados de la conservación y respetan las normas de las unidades. Creo que estas generaciones valoran mucho el trabajo de los guardaparques y hay mucho interés por ser guardaparque”.
La labor de un guardaparque suele asociarse a paisajes, montañas y contacto permanente con la naturaleza. Sin embargo, detrás de eso existe también un sacrificio personal que muchas veces los visitantes no alcanzan a dimensionar. Uno de los mayores costos, dice Ramírez, es estar distanciado de la familia. “El sacrificio más grande de un guardaparque es vivir alejado de su familia, porque trabajamos muchas veces donde no tenemos señal de celular y estamos todo un turno sin saber nada de ellos”, indica el guardaparque que es viudo, tiene un hijo y dos nietos de cuatro años.

De ayudante de carpintero a guardaparque
Juan Sepúlveda Fuentes tiene 46 años y lleva más de 26 dedicado a la labor de guardaparque. Desde hace aproximadamente cinco años es administrador de la Reserva Nacional Los Huemules del Niblinto, donde está a cargo de la gestión operativa, la coordinación de los guardaparques, el monitoreo ambiental y el vínculo con comunidades e instituciones científicas.
Su historia con este territorio, sin embargo, comenzó mucho antes. El 1 de noviembre de 1999 llegó a la unidad contratado por CONAF como ayudante de maestro carpintero para participar en la construcción de la guardería y los baños públicos.
Luego, en enero de 2000, comenzó formalmente su camino como guardaparque del Santuario de la Naturaleza Los Huemules del Niblinto, administrado conjuntamente por CODEFF y CONAF. Permaneció allí hasta 2013 y, al año siguiente, se incorporó como guardaparque de CONAF.
Recuerda que comenzó patrullando a pie y a caballo, recorriendo sectores de difícil acceso y enfrentando condiciones meteorológicas complejas. Pero detrás de esa decisión había una motivación que venía desde mucho antes. “Mi interés surgió desde mi juventud al crecer en contacto directo con la naturaleza”, cuenta.
La jornada de Juan comienza temprano con la revisión del plan de patrullaje. Las tareas incluyen recorridos por senderos y zonas intangibles, el monitoreo de flora y fauna, la instalación, mantención y revisión de datos de cámaras trampa.
También debe supervisar la infraestructura y señalética, controlar los límites de la reserva y fiscalizar amenazas como la caza furtiva, el ingreso ilegal de ganado o la presencia de mascotas. Así como la atención, registro e inducción a visitantes y turistas.
Aunque reconoce que actualmente existe mayor conciencia entre los visitantes, todavía existen conductas que generan preocupación. “Los visitantes llegan más informados y conscientes. Sin embargo, aún persiste el desafío con conductas de riesgo como el intento de ingresar con mascotas o el incumplimiento de normas relativas al uso del fuego y residuos”, explica.
En la trayectoria de Juan existe una experiencia que recuerda especialmente: marzo de 2003, durante un patrullaje en el sector de la laguna El Baúl, mientras realizaba el retiro de cámaras trampa, tuvo su primer encuentro con un huemul.
“Fue un momento inolvidable que reafirmó mi compromiso personal y profesional con la protección de esta especie tan emblemática”, resalta.
En Ñuble, explica, la población del huemul es altamente vulnerable y aislada. Por ello, los guardaparques realizan un monitoreo sistemático. “Nuestro trabajo se centra en el monitoreo sistemático (rastros, huellas, avistamientos y fotomonitoreo), la protección de sus corredores biológicos y el control estricto de la amenaza que representa el ingreso de personas particulares por pasos no habilitados invadiendo su hábitat natural, además de los incendios forestales”, señala.
Comenta que cuando comenzó a trabajar en la Reserva Nacional Los Huemules del Niblinto, las herramientas de monitoreo eran mucho más básicas y existía una menor infraestructura para el control y la atención de visitantes. “Con los años hemos incorporado más senderos y miradores para el turismo y logrado un mayor involucramiento de la comunidad, a día de hoy recibimos cinco veces más de visitantes en la temporada a diferencia de esos años”, destaca.
Juan afirma que “existe mayor reconocimiento social del rol del guardaparques”, y destaca que observa además un creciente interés de las nuevas generaciones por el medioambiente y una mejor formación técnica. Sin embargo, advierte que quienes optan por esta profesión “enfrentan el desafío de adaptarse a las duras condiciones del trabajo de campo”.
Parte de los sacrificios que enfrentan los guardias son “estar lejos de la familia en fechas significativas, realizar patrullajes bajo condiciones meteorológicas extremas y el desgaste físico y emocional que supone resguardar un territorio tan extenso y frágil en todo momento”.
Pese a lo rudo que significa el trabajo, Juan está orgulloso de su labor que va más allá de custodiar un espacio protegido. “Representa un motivo de profundo orgullo y mi vocación de vida. Saber que el trabajo diario contribuye a preservar la biodiversidad y asegurar la supervivencia del huemul en la cordillera, además de ayudar a conservar este hermoso lugar y dejar una huella para que otras personas puedan disfrutar y proteger ese lugar”, expresa.
Hoy sus principales preocupaciones están relacionadas con los incendios forestales durante el verano, los efectos de la sequía y el cambio climático sobre las fuentes de agua y la vegetación, además de la pesca y caza ilegal y los ingresos no autorizados.

Entre senderos, cámaras trampa y paisajes
Antes de convertirse en guardaparque, Jorge Alarcón Alarcón, de 38 años, conocía la Reserva Nacional Ñuble como visitante. Le gustaba el lugar y sus paisajes, aunque reconoce que desconocía buena parte del trabajo que realizaban quienes estaban detrás de esa labor.
Tras terminar su carrera de técnico en Prevención de Riesgos, supo que CONAF había abierto postulaciones para guardaparques. Postuló y fue seleccionado para trabajar en la Reserva Nacional Los Huemules del Niblinto.
“Empecé a trabajar en el año 2014 como guardaparque transitorio (por temporadas), había muchas cosas que no sabía y que fui aprendiendo a lo largo del tiempo por parte de colegas y también leyendo documentos”, recuerda.
Sus primeros turnos eran de 12 días de trabajo por cinco de descanso. La comunicación con la familia era limitada y muchas veces dependían de una radio base para informar a la central de CONAF sobre los turnos, las condiciones meteorológicas o eventuales emergencias.
Explica que las tareas del guardaparque cambian dependiendo de la época del año. Durante la temporada alta, las labores comienzan con el aseo de los baños y continúan con la recepción y orientación de los visitantes. Cuando disminuye la afluencia, aparecen otras funciones: reparación de senderos, mantención de infraestructura y largas salidas a terreno, que requieren más de un día, para instalar y revisar cámaras trampa.
“Lo que más me gusta son las salidas a terreno, ya que te encuentras con unos paisajes hermosos, lugares muy tranquilos donde muy pocas personas pueden llegar. En algunos valles solo entramos nosotros”, cuenta.
Jorge, junto con participar en la instalación y revisión de cámaras trampa, realiza prospecciones para detectar la presencia del huemul. Hasta ahora, no ha tenido la oportunidad de ver directamente un huemul en la Reserva Nacional Ñuble, donde se desempeña actualmente, aunque sí ha podido encontrarlos indirectamente a través de las cámaras trampa.
“Acá solo he tenido encuentros indirectos por cámara trampa y eso es porque en los últimos años la visitación ha aumentado bastante, y dada a la cantidad de guardaparques por turno no permite mucha libertad para hacer salidas a terreno largas que antes si se hacían, y bastante seguido, por lo que cuentan los guardaparques con más tiempo trabajando”, dice.
Durante sus 12 años de trabajo también ha observado un cambio positivo en el comportamiento de quienes llegan a las áreas protegidas. Recuerda que antiguamente era habitual encontrar bolsas de basura a orillas de los caminos. Hoy, asegura, esa situación es mucho menos frecuente. También destaca que la mayoría de los visitantes utiliza cocinillas en lugar de hacer fuego en las zonas de camping.
“Los visitantes generalmente preguntan lo que pueden ver, en el caso de fauna y flora, y se enfocan bastante en los que tienen problemas de conservación”, señala.
Las redes sociales también han ayudado a acercar este trabajo a las nuevas generaciones. Alarcón cuenta que incluso niños que visitan la reserva le preguntan cómo pueden convertirse en guardaparques cuando sean mayores.
Jorge está casado y tiene dos hijos. Y reconoce que ahora la distancia pesa de una manera distinta. “Se sacrifica sobre todo el tiempo familiar, ya que tenemos que pasar varios días acá. Antes no era tanto, pero ahora que tengo niños y es otra cosa. Es difícil a veces estar con los niños sobre todo cuando se enferman, pero también sabe que esto es lo que me gusta y es lo que nos sustenta”.





