Era 2022. Una mujer adulta mayor, vestida con una parka ajustada y deslavada, llegó hasta el hall de acceso de la Municipalidad de Coihueco y pidió hablar con “alguien que la pudiera ayudar”.
Los encargados de Desarrollo Comunitario la recibieron. Ella sacó de uno de sus bolsillos un teléfono celular y lo manipuló brevemente, mientras el agua de la lluvia todavía le resbalaba por las manos.
Les mostró la pantalla.
“Miren”, dijo.
El video, grabado por ella misma al interior de su casa, mostraba a su nieto con un televisor en brazos, tratando de zafarse de las manos suplicantes de su madre, que lloraba y le pedía que no se lo llevara.
“Perdón, mamá, no puedo más, disculpa. No puedo más”, gritaba, como si algo dentro suyo ardiera.
El video terminó cuando el muchacho consiguió salir de la vivienda y los gritos de su madre quedaron atrás.
“Nos contaba que el nieto estuvo bien un par de días, pero que el síndrome de abstinencia hizo lo suyo”, recuerda el concejal Russell Cabrera. “El tema de la droga entró fuerte en la comuna hace ya varios años. Y cuando eso sucede, la afectación a la seguridad y los delitos asociados que esto genera son situaciones que no todas las comunas de la región pueden resolver por sus propios medios”.
La historia de aquella mujer permite asomarse a una de las explicaciones posibles para entender la sensación de inseguridad que Coihueco arrastra desde hace al menos una década.
Historias de asaltos, la llegada de nuevos vecinos con costumbres que chocaron con los hábitos locales, tráfico de drogas y una comunidad que durante años ha pedido ayuda parecen haber llegado a un punto de inflexión.
El 20 de julio, tres adolescentes y un hombre de 23 años descendieron de un vehículo en el sector El Embalse y abrieron fuego contra un automóvil estacionado. Un escolar de 17 años murió y una mujer que se encontraba en el interior resultó herida.
Los detalles de ese crimen todavía resonaban en las calles coihuecanas cuando, el viernes 31 de julio, la PDI allanó la vivienda de un grupo dedicado al tráfico de drogas. Cuatro personas fueron detenidas y, en el procedimiento, fue rescatado un hombre que llevaba 18 días secuestrado, mientras sus captores exigían dinero a su expareja bajo amenaza de causarle graves lesiones.
Secuestro extorsivo es el delito.
Ocurrió en el mismo Coihueco donde se registró, en marzo de 2022, uno de los primeros narcofunerales de la región; donde en octubre de 2023 fue desarticulada una banda dedicada al tráfico de drogas en el sector de Tres Esquinas; y donde, solo durante los últimos siete meses, Carabineros debió realizar 174 procedimientos por denuncias relacionadas con personas consumiendo alcohol o drogas en la vía pública.
¿Qué fue lo que pasó?
La respuesta no es la misma cuando quienes hablan son las autoridades y quienes han vivido toda su vida en la comuna.
La Discusión salió a buscar a quienes conocen Coihueco desde dentro: profesores, antiguos comerciantes, comunicadores sociales y concejales. Personas que la escuchan, la observan, la representan y la relatan.
Sí coinciden en que la delincuencia está ganando terreno y son demasiadas voces como para desmentirlas en una oficina pública.
Consultados por La Discusión, en el Ministerio Público recuerdan que los dos hechos que recientemente provocaron mayor impacto en la comuna fueron investigados y que los imputados por el secuestro y el homicidio permanecen en prisión preventiva.
El fiscal regional de Ñuble, Rolando Canahuate, reconoce el impacto que producen este tipo de delitos en una comuna pequeña, pero descarta que Coihueco esté frente a un fenómeno descontrolado.
“Coihueco es un sector pequeño, y este tipo de delitos claro que causan impacto y estamos al tanto de eso. Sin embargo, en ningún caso es un fenómeno disparado. Por lo demás, la reacción que ha tenido la Fiscalía y la policía en los últimos hechos, como el secuestro, creo que estuvo a la altura”, plantea.
El persecutor agrega que “ninguna comuna de Chile está a salvo de que se cometan este tipo de delitos”, aunque admite que “no estamos negando que esa situación sea real, y claro, siempre se puede hacer mucho más”.
La miopía estatal se repite
Para Gustavo Campos, historiador de la Universidad del Bío-Bío y especialista en historia delictiva del Biobío, Coihueco ofrece un ejemplo de un problema que Chile ya ha enfrentado en otras épocas.
A su juicio, entre las décadas de 1930 y 1950 el Estado respondió a la migración campo-ciudad con la construcción de las llamadas “poblaciones callampas”, pero sin desarrollar al mismo tiempo una estructura administrativa e infraestructura suficiente para las comunidades que comenzaban a formarse.
Ahora, sostiene, el fenómeno se produjo en sentido contrario.
“El error histórico del Estado chileno se repite como un eco en el mapa. Son contextos distintos, y ahora la migración post terremoto, post estallido social y post pandemia es al revés. La gente que vivía en barrios marginales de las grandes ciudades buscó asentarse en la ruralidad”.
Según Campos, el Estado observó el fenómeno, construyó villas y permitió la proliferación de loteos irregulares y tomas, pero terminó trasladando buena parte de las nuevas demandas a los municipios y a fuerzas policiales limitadas.
“Si ayer fue la ausencia de alcantarillado, hoy es la falta de institucionalidad. En ambos fenómenos, el Estado confundió dar un techo con construir comunidad”, plantea.
Pero Coihueco no es una comuna que haya permanecido inmóvil frente al problema.
Después de Chillán, fue una de las primeras municipalidades de la región en adquirir sistemas de televigilancia y drones, herramientas que posteriormente se han ampliado con aportes del Gobierno Regional y la Delegación Presidencial.
Ante el aumento de personas con problemas de consumo de drogas, también se han implementado programas de atención en salud mental. Y la municipalidad fue la primera en poner a disposición un internado para un proyecto destinado a formar nuevos carabineros, iniciativa que finalmente fue interrumpida por la pandemia y la posterior reasignación de recursos.
No es solo voluntad
“Y sí, amigo. Hay cámaras, drones, nosotros tenemos alarmas, rejas y hemos puesto puerta tras puerta, pero igual no más, nos han entrado a robar cuatro veces”, cuenta Julio Cofré, dueño de uno de los supermercados más antiguos de Coihueco.
El negocio fue abierto por su padre en la década de 1960, frente al local comercial de su abuelo, inaugurado en los años 50 en la calle que hoy lleva su apellido.
“Yo viví mi infancia acá, en los 70 y en los 80. Salíamos de noche, nos saludábamos todos, conocíamos a todos los que iban en la locomoción pública; en las noches íbamos a la plaza y los fines de semana, al Embalse. Ya después de la pandemia, con toda la gente que llegó, no se puede. Mucha gente no se atreve”, relata.
El concejal Mauricio Contreras, presidente de la Comisión de Seguridad, reconoce la preocupación y asegura que el municipio trabaja para reforzar los patrullajes mixtos y la coordinación con las policías, la Seremi y la Delegación Presidencial.
“Sabemos que lo que describe la gente es real, pero es necesario que sepan que estamos ocupados en eso”, afirma.
Para Cristian Castillo, comunicador social y dueño de una radio comunitaria rural, la respuesta de las autoridades es correcta, pero insuficiente.
“Lo que dicen las autoridades es cierto, pero no es la realidad entera. Sabemos que Coihueco no está lleno de delincuencia y sería falso decir que la gente tiene miedo, pero sí es real que hay preocupación y, sobre todo, dudas sobre si con lo que se está haciendo basta”.
Castillo escucha diariamente las quejas de sus auditores por personas consumiendo alcohol y drogas durante las noches en El Embalse, villas con música hasta altas horas y personas que recorren barrios modestos en automóviles de alta gama.
Recuerda que, después de la pandemia, comenzó a escuchar fuegos artificiales durante las noches.
“Ahí fue que pensé en toda esa gente de afuera que uno ve en las calles. En la actitud de la gente joven de hoy. Ahí fue que me di cuenta de que la comuna se había echado a perder”.
Tal vez el problema no sea solo cuántos delitos ocurren, sino cuánto demora una comunidad en recuperar la sensación de que las instituciones pueden responder.
Julio Cofré lo aprendió después del último robo a su negocio.
Los responsables fueron detenidos por Carabineros. Quedaron en libertad y posteriormente se realizaron cuatro audiencias a las que debía asistir como víctima.
Ellos nunca llegaron. Las audiencias fueron suspendiéndose una tras otra.
“¿Sabe qué? Me aburrí, desistí y ya no sé si sirve hacer la denuncia. Y al comerciante que le pregunte, le va a decir lo mismo”.
No solamente los de afuera
La profesora Patricia Reyes lleva cerca de 40 años ejerciendo la docencia y 33 dirigiendo un colegio en la comuna. Ha formado al menos tres generaciones de coihuecanos, a quienes vio crecer, llegar a la juventud y formar sus propias familias.
Ella también creció allí. Dice que lo ocurrido en Coihueco le duele, pero introduce una distinción que resulta clave para entender la transformación de la comuna.
“No solo llegó gente de afuera, también volvieron muchos que eran de acá y se habían ido”, explica.
A su juicio, algunos de esos cambios también trajeron nuevos hábitos y modelos de comportamiento que terminaron afectando a los más jóvenes.
“Yo lo que he visto es que la familia ha fallado en muchas ocasiones. No ha habido un crecimiento con afecto, con valores. Al contrario, todo es recompensa inmediata, un desapego que al final se transforma en rebeldía y agresividad”, explica.
La vulnerabilidad que observa en sus alumnos, y la comparación entre lo que ofrece el Estado y lo que pueden ofrecerles el delito y el narcotráfico, plantea una exigencia cada vez mayor para las escuelas.
“Es cierto. Hoy los profesores no se atreven a abrazar para contener emocionalmente a sus alumnos y muchos —me lo han dicho— le tienen miedo a los alumnos o a los apoderados”, detalla.
No solo solamente de afuera y Jaqueline Segler lo aprendió con dolor.
La vecina fue víctima de una estafa mediante la cual le presentaron documentación falsa para arrendar una casa de su propiedad, ubicada a pocas cuadras de la Plaza de Armas.
Meses después, los arrendatarios desaparecieron y Segler encontró su vivienda ocupada por personas que, según relata, “trabajan como cuidadores de autos. Todos los conocen, todos saben quiénes son”.
Durante tres años recurrió a Carabineros, la Fiscalía y la Municipalidad. “No saqué nada”, recuerda.
Finalmente contrató un abogado, quien consiguió una orden judicial de desalojo por la fuerza pública. Los ocupantes se enteraron y abandonaron la vivienda antes de que se ejecutara la medida. Pero antes destruyeron paredes y puertas, robaron cuanto pudieron y dejaron la casa inhabitable.
“Y ahí siguen. En el centro, trabajando. Y eso que me pegaron y me amenazaron. Ahí siguen”, acusa.
Un liderazgo fuerte
Para Russell Cabrera, no existe una sola explicación capaz de resumir lo que está ocurriendo. “Son causas múltiples”, sostiene.
Sin embargo, uno de los fenómenos que más lo mantiene alerta es la posibilidad de que algunos grupos estén comenzando a marcar territorio.
“No estoy en posición de decir si hay o no bandas criminales, pero sí es claro que las alertas y algunas señales de eso existen”, explica.
Por eso plantea que los esfuerzos también deben concentrarse en los jóvenes que han comenzado a consumir drogas y en quienes presentan problemas de salud mental asociados al consumo.
“Hay que trabajar más con ellos, acompañarlos, para que no se conviertan en nuevos consumidores”, remarca.
Pero Cabrera también habla de otra necesidad: un liderazgo, un símbolo reconocible.
La futura construcción y designación de la nueva Octava Comisaría de Coihueco, actualmente dependiente de Chillán Viejo, puede cumplir ese papel.
Sostiene que “traerá más contingente y, como hito de seguridad, es muy potente”.
Y entonces recuerda otro liderazgo.
Octubre de 2023. En un tiroteo ocurrido en Concepción murió un reconocido narcotraficante avecindado en Coihueco. Fue trasladado a la comuna y velado en su casa. Hasta allí llegaron personas de Coihueco, Chillán, Concepción y Santiago. Sobre el féretro había una pistola.
El ambiente era extremadamente tenso.
Desde el mando central se advirtió que se aproximaba el primer narcofuneral de Ñuble.
De pronto, varias patrullas policiales irrumpieron en el pasaje donde se realizaba el velorio. El aire se volvió asfixiante.
Solo una puerta se abrió.
Bajó el jefe de la comisaría, un capitán, acompañado por un par de funcionarios. La escolta quedó afuera.
Él entró solo a la casa, revólver en mano.
“Ya, esto puede terminar muy mal o puede terminar muy bien. Ustedes deciden. Yo les aseguro que mi gente no va a causar problemas. ¿Me pueden asegurar lo mismo?”, dijo.
Al menos, ese día no pasó nada.




