La imagen resulta paradójica. Después de intensos sistemas frontales que dejaron abundantes precipitaciones en la zona centro-sur del país, con registros que en pocos días permitieron aliviar significativamente la sequía acumulada, Chillán continúa siendo la ciudad ubicada entre Antofagasta y el extremo sur con el mayor déficit de lluvias. La capital de Ñuble todavía registra una brecha de 41,1% respecto de un año normal, una cifra que obliga a mirar más allá de la impresión inmediata que dejan las lluvias y los cauces crecidos.
Hasta el momento, la estación meteorológica Bernardo O’Higgins acumula 347,5 milímetros de precipitaciones, cuando para esta época del año, considerando la climatología del período 1991-2020, debiera registrar aproximadamente 593 milímetros. Es decir, pese a la intensidad del último sistema frontal, aún faltan cerca de 245 milímetros para alcanzar el comportamiento normal de un año promedio.
La explicación está en la extrema sequedad de abril, mayo y junio, meses en que las precipitaciones estuvieron muy por debajo de lo habitual. De hecho, antes del reciente evento, el déficit de Chillán superaba el 60%. Las lluvias de los últimos días permitieron reducirlo en alrededor de 20 puntos porcentuales, una mejora sustantiva, pero insuficiente para borrar el efecto de un otoño particularmente seco.
La buena noticia es que las perspectivas para lo que resta del invierno son alentadoras. La Dirección Meteorológica anticipa nuevos sistemas frontales, aunque de menor intensidad que el último evento, y el pronóstico estacional para julio, agosto y septiembre proyecta precipitaciones por sobre lo normal. Si esas condiciones se cumplen, el déficit podría seguir reduciéndose e incluso llegar a revertirse durante los próximos meses.
Sin embargo, sería un error confundir una perspectiva favorable con la solución definitiva de un problema que es estructural. La presencia del fenómeno de El Niño puede contribuir a generar condiciones más favorables para las precipitaciones, pero no puede convertirse en la base de la planificación hídrica de la región. El clima no ofrece garantías permanentes y, cuando esta condición atmosférica termine, Ñuble volverá a enfrentar la realidad de una zona que durante las últimas décadas ha experimentado una tendencia de mayor sequedad y una creciente irregularidad de las lluvias.
La experiencia de este año debiera servir precisamente para entender esa vulnerabilidad. No basta con celebrar los grandes eventos de precipitación cuando llegan, ni con confiar en que los siguientes sistemas frontales terminarán por compensar el déficit acumulado. La lluvia que cae hoy no necesariamente estará disponible cuando se necesite mañana. Sin infraestructura suficiente para captarla, almacenarla y distribuirla, buena parte de ese recurso termina rápidamente en los ríos y en el mar.
Por eso, la discusión sobre la seguridad hídrica de Ñuble debe avanzar con mayor decisión hacia la construcción de infraestructura de acumulación de agua. Embalses, tranques, sistemas de almacenamiento predial, recarga de acuíferos y otras soluciones deben formar parte de una estrategia de largo plazo que permita aprovechar los períodos lluviosos y enfrentar con mayor resiliencia los años secos.
La región posee una economía agrícola que depende directamente de la disponibilidad de agua y una población que seguirá creciendo. No es razonable que una zona que puede recibir cientos de milímetros de lluvia en pocos días continúe enfrentando, meses después, un déficit hídrico superior al 40%. Esa contradicción revela una tarea pendiente: pasar de una gestión reactiva, centrada en enfrentar las emergencias cuando la sequía ya está instalada, a una política permanente de acumulación, eficiencia y seguridad hídrica.



