Las ciudades no pierden su centro de un día para otro. El deterioro suele comenzar de manera silenciosa, con pequeños signos que, cuando no son enfrentados a tiempo, terminan transformándose en una nueva normalidad. Robos reiterados, espacios públicos abandonados, comercio informal descontrolado, inmuebles ocupados irregularmente, prostitución, microbasurales, escasa iluminación y una creciente sensación de inseguridad conforman una cadena que, si no se rompe, termina expulsando a los vecinos, alejando a los clientes del comercio establecido y debilitando el corazón urbano.
Las denuncias realizadas por los vecinos del sector La Victoria Centro constituyen una nueva señal de alerta. Lo ocurrido en ese tradicional barrio, donde incluso un residente terminó con múltiples heridas cortopunzantes tras intentar defender a una víctima de un robo, refleja que la delincuencia ya no es un problema aislado ni circunscrito a determinados horarios. Se trata de un fenómeno que afecta la calidad de vida de quienes aún habitan el centro y que limita el uso de los espacios públicos, especialmente durante las tardes y noches.
El relato de los vecinos es preocupante porque evidencia una acumulación de factores de riesgo: calles oscuras por falta de poda, sitios deteriorados, sectores sin mantención, presencia de prostíbulos junto a viviendas familiares, consumo de alcohol y drogas en la vía pública, delincuentes que utilizan el estero Las Toscas como ruta de escape y una percepción de abandono que alimenta el temor. Cuando los residentes afirman que después de las siete de la tarde ya no se atreven a salir de sus casas, la ciudad debe entender que el problema ha dejado de ser exclusivamente policial para convertirse en un desafío urbano.
A ello se suma la inquietud respecto del sistema de televigilancia. Si bien el municipio informó que el 79% de las cámaras existentes se encuentra operativo y que las restantes están en proceso de reparación o reposición, el objetivo no puede ser otro que alcanzar un funcionamiento total. En materia de seguridad, cada cámara fuera de servicio representa un punto ciego que reduce la capacidad preventiva, dificulta la persecución penal y debilita la confianza ciudadana. La tecnología no reemplaza la presencia policial ni la labor de Seguridad Municipal, pero constituye un complemento indispensable cuando funciona de manera integrada y permanente.
Los anteriores robos sufridos por la histórica institución Gota de Leche, pese a contar con cámaras, alarmas y medidas de protección, demuestran además que la delincuencia se ha vuelto más audaz y organizada. Si organizaciones solidarias, cuyo único propósito es ayudar a familias vulnerables, son víctimas reiteradas de estos delitos, la señal que recibe la comunidad es profundamente desalentadora.
Chillán debe evitar recorrer el camino de otras ciudades chilenas cuyos centros históricos fueron progresivamente abandonados por residentes, inversionistas y consumidores debido al avance de la delincuencia y las incivilidades. Recuperar esos espacios ha requerido años de inversión pública y privada, con resultados que muchas veces llegan demasiado tarde.
La capital regional aún está a tiempo de impedir ese escenario. Para ello se requiere una estrategia sostenida que combine vigilancia efectiva, recuperación de espacios públicos, iluminación, mantención urbana, fiscalización de actividades ilegales, persecución del delito y una estrecha coordinación entre municipio, policías, Fiscalía, Gobierno y organizaciones vecinales.




