Además de la intensidad de un sistema frontal, lo que hoy debe preocupar a Ñuble es la persistencia de una tendencia. Las lluvias de junio permitieron aliviar parcialmente un escenario que hasta hace pocas semanas era aún más complejo, pero los datos oficiales confirman que la región sigue lejos de una situación de normalidad hídrica. El déficit promedio de precipitaciones bordea el 40%, los caudales de los principales ríos continúan muy por debajo de sus valores habituales y la nieve, ese verdadero “embalse natural” del que depende gran parte de la disponibilidad de agua durante la primavera y el verano, simplemente no aparece.
La paradoja es evidente. Mientras algunos sectores interiores han recibido precipitaciones importantes durante el actual sistema frontal, en la cordillera las lluvias han caído mayoritariamente en estado líquido. Allí donde el invierno debería estar acumulando reservas para los meses secos, apenas se registran 13 centímetros de nieve, una cifra insuficiente para las necesidades de una región cuya economía, abastecimiento de agua potable y desarrollo agrícola dependen estrechamente del comportamiento de la alta montaña.
No se trata únicamente de cuánto llueve, sino de cómo y dónde lo hace. Una lluvia intensa puede generar alivio momentáneo, aumentar temporalmente los caudales o recargar algunos embalses, pero su efecto es mucho más efímero que el de una buena acumulación de nieve. El deshielo gradual durante la primavera garantiza un aporte sostenido a los ríos, alimenta los sistemas de riego y permite enfrentar con mayor seguridad los meses de mayor demanda hídrica. Sin ese reservorio natural, cualquier mejora provocada por las lluvias invernales puede diluirse rápidamente.
Las cifras entregadas por la Dirección General de Aguas son elocuentes. Mientras Itata presenta un inusual superávit de precipitaciones, las provincias de Diguillín y Punilla mantienen déficits significativos, reflejando una distribución cada vez más irregular del recurso.
Esta realidad obliga a mirar más allá de la contingencia meteorológica de cada semana. La esperanza está puesta ahora en el sistema frontal anunciado para los próximos días, que podría finalmente aportar nieve a la cordillera si las temperaturas acompañan. Sin embargo, esa expectativa no puede transformarse en conformismo. La experiencia de los últimos años demuestra que los pronósticos cambian con rapidez y que la variabilidad climática se ha convertido en una nueva constante.
También existe una cuota de optimismo asociada al anunciado desarrollo del fenómeno de El Niño durante los próximos meses, el que históricamente ha favorecido inviernos más lluviosos en la zona centro-sur de Chile. Aunque los especialistas advierten que ningún evento climático garantiza por sí solo el fin de la sequía estructural que afecta al país, un invierno o primavera más generosa podría contribuir a recuperar parte de las reservas hídricas y ofrecer un respiro a la agricultura, los sistemas de agua potable rural y los ecosistemas.
Incluso si ese escenario favorable se concreta, Ñuble no puede depender exclusivamente de la buena voluntad del clima. La seguridad hídrica exige acelerar inversiones en embalses, tecnificación del riego, fortalecimiento de los sistemas de agua potable rural, protección de las cuencas y una gestión mucho más eficiente del recurso. La incertidumbre climática llegó para quedarse, y las decisiones públicas deben asumir esa realidad.




