Pocas instituciones pueden afirmar que han acompañado la historia de Chillán durante más de cuatro siglos. La comunidad franciscana es una de ellas. Su presencia en la ciudad se remonta a 1585, apenas cinco años después de la fundación de San Bartolomé de Chillán, convirtiéndose en una de las congregaciones religiosas más antiguas establecidas en el territorio y en una de las más influyentes en el desarrollo de la vida social, cultural y espiritual de la zona.
A lo largo de los siglos, los franciscanos no solo evangelizaron, sino que también contribuyeron a la formación de generaciones de habitantes a través de la educación, la promoción humana y el acompañamiento a los más necesitados. Su historia está profundamente ligada al crecimiento de la ciudad y a la construcción de una identidad basada en la fraternidad, la sencillez y el servicio.
Para Patricia González Medina, encargada patrimonial del Conjunto Franciscano e integrante de la Asociación de Amigos del Patrimonio Franciscano, uno de los principales aportes de la orden estuvo precisamente en el ámbito educativo. Según explica, los religiosos impulsaron la denominada Escuela de Naturales, donde estudiaban tanto hijos de colonos españoles como niños pertenecientes a los pueblos originarios, utilizando la enseñanza como una herramienta para la evangelización y la integración social. “Los franciscanos se dedicaron a la educación. Les interesaba mucho enseñar y, a través de la educación, realizar la evangelización”, relata González al recordar los orígenes de la presencia de la orden en la ciudad.
Aquella labor formativa dejó huellas que trascendieron generaciones. Entre las tradiciones históricas vinculadas a la comunidad franciscana figura el paso de Bernardo O’Higgins por las aulas administradas por los religiosos, un antecedente que suele destacarse al hablar de los personajes ilustres relacionados con la orden.
Una comunidad que creció
La historia de los franciscanos también está íntimamente ligada a los distintos procesos que marcaron la evolución urbana de Chillán. Tras la refundación de la ciudad en 1835, luego del terremoto que destruyó el antiguo asentamiento, la orden se trasladó al actual emplazamiento, iniciando la construcción del convento y posteriormente del templo que hoy forma parte del patrimonio regional.
El Templo San Francisco comenzó a edificarse en 1907 y fue concluida durante la década de 1930. Su historia, sin embargo, no ha estado exenta de dificultades. Apenas dos años después de terminada, el terremoto de 1939 destruyó su cúpula, obligando a una importante reconstrucción.
Con el paso del tiempo, el conjunto que sumó un convento, se transformó en uno de los principales referentes patrimoniales de la ciudad. Durante décadas, el convento albergó a decenas de frailes, convirtiéndose en un importante centro religioso y cultural. Según recuerda Patricia González, hubo períodos en que cerca de 80 religiosos vivían en el lugar, desarrollando actividades pastorales, educativas y de servicio a la comunidad.
Uno de los momentos más complejos para la comunidad llegó con el terremoto de 2010. El templo resultó gravemente dañado. Sin embargo, la comunidad decidió emprender una cruzada para salvar uno de los edificios históricos más importantes de Chillán.
La respuesta fue inmediata. Vecinos, voluntarios, organismos públicos y privados comenzaron a trabajar para recuperar el inmueble. En 2013 se constituyó la Asociación de Amigos del Patrimonio Franciscano y posteriormente se impulsaron diversos proyectos para restaurar el conjunto arquitectónico. Gracias a ese esfuerzo, la nave central pudo reabrirse y en 2016 el templo volvió a funcionar.
Hoy el Conjunto Franciscano es considerado uno de los patrimonios más relevantes de la Región de Ñuble. Además de la iglesia, conserva un antiguo convento que constituye una de las escasas construcciones de adobe de dos pisos que permanecen en pie en la región. También alberga valiosas imágenes religiosas, objetos litúrgicos y espacios históricos que forman parte de la memoria colectiva de la ciudad.
No obstante, los desafíos continúan. La restauración integral del convento sigue siendo una tarea pendiente que requiere importantes recursos económicos y una coordinación entre distintas instituciones para garantizar la preservación de este legado para las futuras generaciones.
En 2021 y debido a la disminución de vocaciones religiosas y a la reorganización de la orden en Chile, los últimos frailes franciscanos dejaron la ciudad después de más de cuatro siglos de presencia ininterrumpida.
Sin embargo, la historia no terminó ahí. La vida pastoral del templo continuó gracias al compromiso de los laicos vinculados a la espiritualidad franciscana, especialmente a través de la Orden Franciscana Seglar (OFS), y al acompañamiento permanente de la Diócesis de Chillán. Son ellos quienes hoy mantienen vivas las celebraciones litúrgicas, las actividades solidarias, la atención a personas vulnerables y las múltiples expresiones de fe que caracterizan a esta comunidad.
La fraternidad, valor central del mensaje de San Francisco de Asís, sigue siendo el sello distintivo del lugar.

