La población más austral del pewén o araucaria (Araucaria araucana) en Chile, ubicada en la cordillera andina de Villarrica, ha sido predicha como una zona altamente vulnerable para la supervivencia de la especie en el futuro, de acuerdo a estudios recientes realizados en la Universidad de Concepción.
La estructura imponente del pewén, con alturas que pueden llegar hasta los 50 metros, contrasta con la fragilidad actual en la que vive por amenazas como la fragmentación de su hábitat, los incendios forestales, la deforestación y las plantaciones exóticas.
A eso se suma el cambio climático, que pone a prueba la capacidad de adaptación de esta especie emblemática del sur de Chile -y también de Argentina- a las condiciones ambientales actuales y del futuro.
Esta especie, monumento nacional y árbol sagrado para el pueblo mapuche, ocupa una superficie aproximada de 215 mil hectáreas -cerca de un 1.5% del bosque nativo- distribuidas en la cordillera costera y andina entre las regiones del Biobío y Los Ríos.
Usando herramientas como la modelación de distribución de especies, la genómica del paisaje y experimentos de jardín común en vivero, las y los investigadores buscan comprender el potencial adaptativo de este árbol frente al cambio climático.
La idea es conocer mejor, desde distintas aproximaciones, la resiliencia actual y futura de la araucaria, con la idea de priorizar acciones de conservación.
“Cuando hablamos de potencial adaptativo, nos referimos la posibilidad real de que una especie pueda enfrentar condiciones climáticas distintas a las actuales”, explica el académico de la Facultad de Ciencias Forestales, Rodrigo Hasbún Zaror.
El líder del Laboratorio de Epigenética Vegetal afirmó que “hay varias especies que están acusando los efectos del cambio global, incluidos árboles muy longevos que empiezan a mostrar signos de decaimiento”. Una de ellas es la araucaria.
A veces los impactos se expresan de forma leve y los árboles “se adaptan localmente” a las alteraciones de su hábitat; pero hay casos en que el daño es tan severo que puede provocar una extinción a nivel local.
No es que se extinga la especie: desaparece en ciertos lugares, detalló Hasbún.
El especialista recordó la alarma que se produjo hace 10 años con el daño foliar de la araucaria (DFA), una patología desconocida entonces, aparentemente producida por hongos patógenos, como se demostró tras varios años de investigación.
La enfermedad, que se manifestaba necrosis y secado de ramas y que llegó a afectar a cerca del 85% de los árboles del país, tenía entre sus causas variables ambientales atribuibles al cambio climático.
Por eso interesa conocer la capacidad de adaptación de esta conífera, a la que se considerada un “fósil viviente”, por sus orígenes que se remontan a unos 240 millones de años, cuando los dinosaurios comenzaban a poblar la Tierra.
“En especies que pueden vivir cientos e incluso miles de años, los efectos del cambio climático se acumulan lentamente y pueden tardar décadas en hacerse evidentes”, señaló.
Escenarios futuros
En este contexto, la modelación permite anticipar escenarios futuros, identificar poblaciones especialmente vulnerables y orientar medidas de conservación antes de que los efectos sean irreversibles.
La de Villarrica destaca como una de las áreas que requerirán especial atención en el corto plazo, porque la situación de aislamiento reduce la variabilidad de genes y, con ello, su repertorio de respuestas a los cambios.
En los casos de mayor vulnerabilidad, la ciencia ofrece soluciones como el flujo génico, que consiste en movilizar alelos (variantes de los genes) de interés hacia áreas potencialmente más vulnerables, por ejemplo, a través de semillas que contengan las aptitudes necesarias para establecerse en el lugar y crecer en las condiciones ambientales que se proyectan.
Otra posibilidad es la migración asistida, donde se trasladan individuos de la población en riesgo a lugares con condiciones que pueden ser óptimas para su crecimiento en el futuro. Ya hay una experiencia de araucarias llevadas a Aysén, donde no existe naturalmente, contó el académico.
La última alternativa es la reproducción ex situ (fuera de su hábitat natural), con cultivos en condiciones protegidas como invernaderos o jardines botánicos.


