Señor Director:
Existe una frase tan incómoda como vigente: “Cuando te mueres, no sabes que estás muerto. No sufres por ello; el sufrimiento es para quienes te rodean. Lo mismo pasa cuando eres imbécil”.
Al observar el actual escenario político chileno, resulta inevitable recordar esa reflexión. No porque falte inteligencia, sino porque abundan las certezas absolutas.
Desde distintos sectores se multiplican los discursos que prometen soluciones simples para problemas complejos. Cada cual parece convencido de tener la respuesta correcta, mientras atribuye todos los errores al adversario. Sin embargo, mientras crecen las convicciones, disminuyen los acuerdos; mientras aumentan los diagnósticos categóricos, se profundiza la incertidumbre ciudadana.
La verdadera torpeza política no suele manifestarse como ignorancia, sino como soberbia. Es la incapacidad de escuchar, corregir o reconocer que nadie posee el monopolio de la verdad. Cuando ello ocurre, las consecuencias no las sufren quienes protagonizan la disputa, sino las familias que esperan mejores empleos, más seguridad y un horizonte de mayor estabilidad.
Chile enfrenta desafíos demasiado importantes para quedar atrapado en trincheras ideológicas o campañas permanentes. La ciudadanía parece entenderlo mejor que muchos de sus dirigentes.
Después de todo, el problema nunca es quien cree tener siempre la razón. El problema es el costo que termina pagando el resto.
Rodrigo Durán Guzmán



