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La última cosecha de remolacha

Agencias

El miércoles 29 de abril Empresas Iansa comunicó oficialmente que no comprará remolacha azucarera en la próxima temporada 2026-27, una decisión inédita adoptada por su directorio en la víspera, atendiendo factores de mercado y de costos que harían inviable este negocio.

La noticia fue recibida como un balde de agua fría por los casi 300 remolacheros y por toda la cadena de valor asociada, como los transportistas, prestadores de servicios y proveedores en general, que bordean las tres mil personas entre Maule, Ñuble y Biobío, además de un centenar de trabajadores de la compañía que quedarán sin empleo después de agosto, cuando concluya la presente cosecha.

Si bien la empresa no aclaró si continuará contratando superficie en las temporadas posteriores, en el ambiente se ha instalado la percepción de que ésta será la última cosecha, poniendo fin a 73 años de un rubro que no solo alimentó a Chile, sino que dinamizó la agricultura, la industria y la economía local por décadas.

Según Odepa, en la temporada 2024-25 se sembraron 7.892 hectáreas de remolacha en el país, de las cuales 4.423 corresponden a Ñuble. Claro que esas cifras palidecen frente a las más de 60 mil hectáreas que llegaron a cultivarse en Chile en la mejor época de este rubro, mucho antes del cierre de las plantas refinadoras durante los últimos cuarenta años.

Para muchos era un final previsible, aunque la decisión sorprendió a todos. Tal como lo resumió el dirigente agrícola Carlos Smith, “el cultivo que financió el desarrollo de la tecnología que hoy usamos, el que permitió mejorar la fertilidad de nuestros campos, el que impulsó el riego tecnificado y la modernización de nuestra mecanización agrícola, ha muerto. El mercado lo ha matado”.

Y es que la dura competencia que representa el azúcar de caña, con menores costos de producción, no solo ha empujado a la baja el precio internacional del azúcar, sino que ha dejado en evidencia también los altos costos relativos de producción en Chile, una constatación que borra de un plumazo el esfuerzo constante de agricultores y profesionales locales que alcanzaron sucesivos récords mundiales de rendimientos.

La alta exposición de Chile a la volatilidad de los mercados externos, derivada de su apertura comercial internacional, también tiene que ver con la enorme dependencia de los commodities, como el azúcar, donde se impone la competencia por precio, una liga en la que solo ganan quienes manejan grandes volúmenes.

Dado el fuerte impacto económico y en el empleo que esta decisión implica, dirigentes agrícolas han alzado la voz para buscar una salida responsable a esta crisis, que, por un lado, se haga cargo de la inviabilidad del negocio, y por otro, que permita atenuar sus efectos. En ese contexto, se ha levantado la propuesta de posponer un año la medida, lo que le daría más tiempo a los remolacheros para planificar su reconversión productiva, una medida que podría estar asociado a incentivos específicos temporales.

Más allá de lo que eventualmente se logre con la intermediación de la autoridad política, existe un amplio consenso respecto al fin de un rubro que generó riqueza por 73 años, y por otro lado, de que la apuesta de la agricultura regional, por sus especiales características, debe apuntar a la “descomoditización” de su producción, un esfuerzo que requerirá de una verdadera política pública agrícola.

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