Señor Director:
La inteligencia artificial generativa reactivó el temor al “sedentarismo intelectual”, la idea de que ahora queramos trabajar intelectualmente menos. Pero esa disposición no es nueva. Los atajos para evitar el esfuerzo de pensar siempre han existido. Lo nuevo es el costo del texto, ya que simular trabajo intelectual nunca había sido tan barato.
Durante mucho tiempo la educación se apoyó en una equivalencia práctica: un buen texto era indicio de lectura y pensamiento rigurosos. Esa equivalencia ya no es útil. Hoy la IA permite producir en segundos textos plausibles sin garantizar comprensión.
Bien usada, la IA puede ampliar el trabajo intelectual al permitir, por ejemplo, explorar ideas, contrastar perspectivas o analizar argumentos. El desafío, entonces, es evaluativo. Si premiamos solo el producto textual, crecerá la brecha entre quienes usan estas herramientas para pensar más y quienes las usan solo para simular ese esfuerzo. La cuestión central no es la tecnología en sí, sino qué prácticas de evaluación implementamos para incentivar el ejercicio intelectual y vincular lo que evaluamos con lo que las personas realmente comprenden.
Francisco Morales
Académico Uandes




