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Prevención: el primer cortafuego

Municipalidad Ch. Viejo

Ñuble vuelve a enfrentar días complejos en enero. La Alerta Roja decretada por Senapred para toda la región, en medio de temperaturas que superarán los 34 grados durante casi una semana, no es una señal menor ni un trámite administrativo: es una advertencia clara sobre un escenario de alto riesgo que, como ya hemos aprendido dolorosamente en años recientes, puede derivar en tragedias humanas, ambientales y económicas si no se actúa con responsabilidad.

La experiencia regional es elocuente. Cordillera de la Costa, valle y precordillera concentran históricamente los mayores focos de incendios forestales durante episodios de calor extremo. A ello se suma una alta movilidad territorial propia del periodo estival, lo que multiplica los factores de riesgo. En este contexto, la coordinación del sistema de emergencia es indispensable, pero insuficiente si no va acompañada de un compromiso activo de la ciudadanía.

Los cuatro focos simultáneos registrados en Quillón, que motivaron una querella por parte del municipio, son una señal de alerta adicional. Más allá de las investigaciones que deberán determinar responsabilidades, el hecho vuelve a poner en el centro una verdad incómoda: la gran mayoría de los incendios forestales tiene origen humano, ya sea por negligencia, imprudencia o derechamente por acción intencional. Prevenirlos, por tanto, no es solo tarea del Estado, de Conaf o de los equipos de emergencia; es un deber cívico.

El llamado de las autoridades al autocuidado y a la “faena cero” debe ser entendido en esa lógica. Evitar el uso del fuego, suspender trabajos agrícolas en horarios críticos, mantener limpias las franjas de seguridad, revisar el estado de maquinarias y vehículos, y denunciar conductas riesgosas no son exageraciones ni imposiciones arbitrarias: son medidas mínimas de convivencia responsable en un territorio vulnerable.

Del mismo modo, la prevención también implica cuidar la propia salud frente al calor extremo, mantenerse hidratado, protegerse del sol y evitar exposiciones innecesarias. Un incendio forestal no solo arrasa con bosques y viviendas; también pone en jaque a comunidades completas, satura los sistemas de emergencia y deja secuelas que perduran por décadas.

Ñuble no puede normalizar la emergencia estival ni resignarse a que cada verano sea sinónimo de catástrofe. La Alerta Roja debe ser leída como una oportunidad para reforzar una cultura preventiva que vaya más allá de los comunicados oficiales y se traduzca en conductas concretas. En esta materia, cada acción cuenta y cada descuido puede ser irreversible.

El primer cortafuego no está en los helicópteros ni en las brigadas, sino en la conciencia ciudadana. Solo entendiendo que la prevención es una responsabilidad compartida podremos enfrentar con mayor seguridad los días críticos que ya están entre nosotros.

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